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Transcripción con símbolos
La ofrenda musulmana – III
Las rojas nupcias del desierto
Por R.H. Moreno-Durán
Ya a bordo del tren, atestado de magrebíes que, pese al calor, parecían | enfundarse aún más en sus chilabas, cargados de niños y bultos, de po-|llos y otras aves difíciles de identificar por el ojo occidental, | Brenda Elaine y yo descubrimos que nos encontrábamos en otra dimen-|sión. Un codazo de mi señora me lo puso de presente como si me queda-|ran dudas al respecto: un gordo con aspecto de derviche, astutamente | colocado a su derecha, se la comía desde hacía un buen rato con los | ojos. Coqueta y envanecida, Filídula agradeció la deferencia con una | sonrisa y ambos nos sumergimos a continuación en ese paisaje que de | inmediato ganó nuestra atención: la tierra extrañamente roja de las | colinas próximas y los camellos que empezaron a pulular me hicieron | vivir una experiencia insólita, ya entrevista meses atrás.
En efecto, en enero de ese mismo año, cuando el buque “Satrústegui” | cruzó el Estrecho de Gibraltar y dejó atrás mi país, el Atlántico y | todos los peligros de la agitada travesía, la imponente visión del | Peñón de Gibraltar no me dijo nada nuevo: era la primera vez que lo | veía, pero acaso el exceso de fotos, noticieros y películas, me lo en-|tregaron de forma indigesta: era mejor soñado o añorado que en la in-|mediata realidad. En cambio, al otro lado, lo que llamó mi atención fue | el color, unas veces rojo, otras ocre, de la cadena de montañas africa-|nas. No las verdes colinas inmortalizadas por el cine o la literatu-|ra, sino las colinas rojas de un continente superior a cualquier | atrezzo. Rojo era el color del paisaje en la mañana cálida, púrpura | el color de Marrakesh al atardecer, con la noble cresta nívea del | Atlas a sus espaldas. Y como fondo de todo, el paisaje inolvidable | con que la literatura animó nuestra infancia gracias a Beau Geste, y [→ aún] | más allá la nobleza azul de los Tuaregs, los señores del desierto. | Era la primera vez en mi vida que veía caravanas de camélidos fuera | de las salas de cine y si algo me sedujo de inmediato fue su lento | andar, ese antiguo orgullo en la testa de los animales, la paciencia | infinita como único patrimonio de los hombres que, como en un rosario, | desgranaban su suerte en el lento desfile.
Las historias de la plaza
Antesala del Sahara, guarecida por la imponente cordillera, la ciudad | surge de pronto y el viajero vacila, se frota los ojos, y al final no | tiene más remedio que aceptar lo que ve: el oasis existe y Marrakesh,
Transcripción sin símbolos
La ofrenda musulmana – III
Las rojas nupcias del desierto
Por R.H.Moreno-Durán
Ya a bordo del tren, atestado de magrebíes que, pese al calor, parecían enfundarse aún más en sus chilabas, cargados de niños y bultos, de pollos y otras aves difíciles de identificar por el ojo occidental, Brenda Elaine y yo descubrimos que nos encontrábamos en otra dimensión. Un codazo de mi señora me lo puso de presente como si me quedaran dudas al respecto: un gordo con aspecto de derviche, astutamente colocado a su derecha, se la comía desde hacía un buen rato con los ojos. Coqueta y envanecida, Filídula agradeció la deferencia con una sonrisa y ambos nos sumergimos a continuación en ese paisaje que de inmediato ganó nuestra atención: la tierra extrañamente roja de las colinas próximas y los camellos que empezaron a pulular me hicieron vivir una experiencia insólita, ya entrevista meses atrás.
En efecto, en enero de ese mismo año, cuando el buque “Satrústegui” cruzó el Estrecho de Gibraltar y dejó atrás mi país, el Atlántico y todos los peligros de la agitada travesía, la imponente visión del Peñón de Gibraltar no me dijo nada nuevo: era la primera vez que lo veía, pero acaso el exceso de fotos, noticieros y películas, me lo entregaron de forma indigesta: era mejor soñado o añorado que en la inmediata realidad. En cambio, al otro lado, lo que llamó mi atención fue el color, unas veces rojo, otras ocre, de la cadena de montañas africanas. No las verdes colinas inmortalizadas por el cine o la literatura, sino las colinas rojas de un continente superior a cualquier atrezzo. Rojo era el color del paisaje en la mañana cálida, púrpura el color de Marrakesh al atardecer, con la noble cresta nívea del Atlas a sus espaldas. Y como fondo de todo, el paisaje inolvidable con que la literatura animó nuestra infancia gracias a Beau Geste, y aún más allá la nobleza azul de los Tuaregs, los señores del desierto. Era la primera vez en mi vida que veía caravanas de camélidos fuera de las salas de cine y si algo me sedujo de inmediato fue su lento andar, ese antiguo orgullo en la testa de los animales, la paciencia infinita como único patrimonio de los hombres que, como en un rosario, desgranaban su suerte en el lento desfile.
Las historias de la plaza
Antesala del Sahara, guarecida por la imponente cordillera, la ciudad surge de pronto y el viajero vacila, se frota los ojos, y al final no tiene más remedio que aceptar lo que ve: el oasis existe y Marrakesh,
