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Ofrenda Musulmana

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Transcripción con símbolos

facientes, alquiler de paraísos por algunas horas, viajes intermina-|bles del diacodid a la morfina, de la dolofina al hachis, ¿qué más da | si es el mismo recorrido de uno a otro lugar sobre la dolorosa geo-|grafía mental? Burroughs no sólo me daba pie para estas reflexiones | sino que, asombrado por la terca conducta de Filídula en la comisaría, | descubrí que ese país al que ella quería viajar cuando se graduara | y que era el mío, ya aparecía vinculado en Almuerzo desnudo a la ima-|gen de la droga. En efecto, mucho antes del boom de la “Santa Marta Gol-|den” y, por supuesto, del auge de la coca, Colombia ya aparecía en los | manuales de la literatura sobre estupefacientes: en la página 165 de | su novela Burroughs habla de cierto “arbusto sudamericano”, verdadera | utopía para los adictos y que muy pocos encuentran, [↑ aunque] crece en la | región del Putumayo. Eso es lo que cuenta un viejo minero alemán, que | “Está muriéndose de uremia en Pasto, Colombia”, y que [↑ con su historia] estimula las expe-|diciones de los cazadores de sensaciones nuevas. Y lo que es aún más curioso, ese mismo alemán le habla al narrador de cierto bicho —con-|firmación evidentísima de la nacionalidad colombiana de la Machaca, | que luego [↑ yo] habría de evocar en El toque de Diana—, que bajo el nombre | de xiucutil despierta los ardores más sensibles del cuerpo: “Es un | afrodisíaco tan poderoso que si uno de ellos lo pica y el sujeto no | puede hallar en seguida una mujer, inevitablemente muere. He visto a los | indios correr de un lado para el otro con el fin de evitar el contac-|to con el animal. Desgraciadamente, nunca tuve a mano un xiucutil…” | Y del Putumayo a Lima, y de las tres veces coronada ciudad de los reyes | a Tánger, la peregrinación prosigue. Pero la hermosa bahía magrebí, a | la manera de una Penélope pertinaz, deshace el tejido del día —fibras | de desolación, hilos de miseria, arabescos de explotación— para que | durante la noche —mediterránea y altiva, sembrada de rutilantes estre-|llas como ese primer contacto de la cocaína en el cerebro—, vuelva | a tejer la obsesión más intensa y torne a acariciar esas imágenes que, | a través de sus mitos y especulaciones, justifiquen su vida al día siguiente.

Un adiós y todos los caminos

Uno de los gendarmes me preguntó qué demonios hacía yo tras “esa | loca” y, [↑ luego de] observar a Brenda Elaine, sólo pude hacer un tímido gesto | de argolla, un conato de solidaridad. Horas después el mismo gendarme | me ordenó abandonar la horrible comisaría y entonces tuve que exponer-|le mis razones: la muchacha no sólo era mi compañera sino que nuestra | suerte, prevista por El último de los abencerrajes, había quedado sella-

Transcripción sin símbolos

facientes, alquiler de paraísos por algunas horas, viajes interminables del diacodid a la morfina, de la dolofina al hachis, ¿qué más da si es el mismo recorrido de uno a otro lugar sobre la dolorosa geografía mental? Burroughs no sólo me daba pie para estas reflexiones sino que, asombrado por la terca conducta de Filídula en la comisaría, descubrí que ese país al que ella quería viajar cuando se graduara y que era el mío, ya aparecía vinculado en Almuerzo desnudo a la imagen de la droga. En efecto, mucho antes del boom de la “Santa Marta Golden” y, por supuesto, del auge de la coca, Colombia ya aparecía en los manuales de la literatura sobre estupefacientes: en la página 165 de su novela Burroughs habla de cierto “arbusto sudamericano”, verdadera utopía para los adictos y que muy pocos encuentran, aunque crece en la región del Putumayo. Eso es lo que cuenta un viejo minero alemán, que “Está muriéndose de uremia en Pasto, Colombia”, y que con su historia estimula las expediciones de los cazadores de sensaciones nuevas. Y lo que es aún más curioso, ese mismo alemán le habla al narrador de cierto bicho —confirmación evidentísima de la nacionalidad colombiana de la Machaca, que luego yo habría de evocar en El toque de Diana—, que bajo el nombre de xiucutil despierta los ardores más sensibles del cuerpo: “Es un afrodisíaco tan poderoso que si uno de ellos lo pica y el sujeto no puede hallar en seguida una mujer, inevitablemente muere. He visto a los indios correr de un lado para el otro con el fin de evitar el contacto con el animal. Desgraciadamente, nunca tuve a mano un xiucutil…” Y del Putumayo a Lima, y de las tres veces coronada ciudad de los reyes a Tánger, la peregrinación prosigue. Pero la hermosa bahía magrebí, a la manera de una Penélope pertinaz, deshace el tejido del día —fibras de desolación, hilos de miseria, arabescos de explotación— para que durante la noche —mediterránea y altiva, sembrada de rutilantes estrellas como ese primer contacto de la cocaína en el cerebro—, vuelva a tejer la obsesión más intensa y torne a acariciar esas imágenes que, a través de sus mitos y especulaciones, justifiquen su vida al día siguiente.

Un adiós y todos los caminos

Uno de los gendarmes me preguntó qué demonios hacía yo tras “esa loca” y, luego de observar a Brenda Elaine, sólo pude hacer un tímido gesto de argolla, un conato de solidaridad. Horas después el mismo gendarme me ordenó abandonar la horrible comisaría y entonces tuve que exponerle mis razones: la muchacha no sólo era mi compañera sino que nuestra suerte, prevista por El último de los abencerrajes, había quedado sella-

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