Página 1
Transcripción con símbolos
La ofrenda musulmana – V
La parábola del séptimo día
Por R.H. Moreno-Durán
Alrededor de las diez de la noche Brenda Elaine comenzó a chillar y | a patalear al punto de que el comisario amenazó con encerrarla en | el calabozo. Observo una vez la bandera con la estrella en el | centro y a su lado el espectáculo de la muchacha no puede ser más | patético. Insiste en la presencia del cónsul norteamericano y la pa-|ciencia de los gendarmes se agota poco a poco. ¿Qué había ocurrido? | Nuestro ferry zarpaba a las cinco de la tarde y nosotros, como todo el | mundo, hicimos una larga cola y tramitamos las diligencias de emigra-|ción. Sin embargo, cuando nos disponíamos a abordar el barco un funcio-|nario dijo que a nuestros papeles les faltaba la quinta estampilla | y sin ese requisito no podíamos abandonar el país. ¿Qué hacer? | Perder el ferry y volver a hacer la cola. Obviamente, la culpa no era | nuestra sino de los funcionarios de emigración. Y de ahí la súbita | ira que se apoderó de nosotros, empeñados en abordar el ferry en cues-|tión a toda costa. Los gritos de Filídula y el tumulto atrajeron la | atención del capitán del puerto, un tipo enorme, de esos que hacen ga-|la de su convicción a punto de golpes. Brenda Elaine le expuso sus | argumentos en un agresivo inglés que el oficial no tenía por qué en-|tender, por lo que su única respuesta fue el brazo, perentoriamente extendido en dirección a la infinita cola. La muchacha se le rió en-|tonces en plena cara y le regaló un gesto con el dedo corazón de la | diestra, tan expresivo que no necesitaba de intérprete. Molesto, el | moro la empujó y fue entonces cuando Brenda Blaine, con una elastici-|dad admirable, levantó la rodilla derecha y sin piedad alguna se la | alojó al moro en la entrepierna. El gigante se dobló, estremecido, al | tiempo que su alarido □ invocaba la ayuda de sus subordina-|dos. Al instante quedó claro que, a pesar del idioma, un alarido suena | igual en cualquier parte del mundo, por encima de gramáticas, sellos | y arbitrariedades de aduana. Sin ninguna contemplación y a golpes, mi | señora fue arrastrada rumbo a la comisaría del puerto y hasta allí | la seguí, alucinado por el espectáculo.
El “álgebra de la necesidad”
“Hay lugares en los que el espíritu muere para que nazca una verdad | que es su negación misma, escribía Albert Camus a propósito de | Djémila, en la vecina Argelia, y tal sentencia es válida para el caso | de Tánger. Punto crucial en la entrada a tres continentes, esta ciudad
Transcripción sin símbolos
La ofrenda musulmana – V
La parábola del séptimo día
Por R.H. Moreno-Durán
Alrededor de las diez de la noche Brenda Elaine comenzó a chillar y a patalear al punto de que el comisario amenazó con encerrarla en el calabozo. Observo una vez la bandera con la estrella en el centro y a su lado el espectáculo de la muchacha no puede ser más patético. Insiste en la presencia del cónsul norteamericano y la pa ciencia de los gendarmes se agota poco a poco. ¿Qué había ocurrido? Nuestro ferry zarpaba a las cinco de la tarde y nosotros, como todo el mundo, hicimos una larga cola y tramitamos las diligencias de emigra ción. Sin embargo, cuando nos disponíamos a abordar el barco un funcio nario dijo que a nuestros papeles les faltaba la quinta estampilla y sin ese requisito no podíamos abandonar el país. ¿Qué hacer? Perder el ferry y volver a hacer la cola. Obviamente, la culpa no era nuestra sino de los funcionarios de emigración. Y de ahí la súbita ira que se apoderó de nosotros, empeñados en abordar el ferry en cues tión a toda costa. Los gritos de Filídula y el tumulto atrajeron la atención del capitán del puerto, un tipo enorme, de esos que hacen gala de su convicción a punto de golpes. Brenda Elaine le expuso sus argumentos en un agresivo inglés que el oficial no tenía por qué en tender, por lo que su única respuesta fue el brazo, perentoriamente extendido en dirección a la infinita cola. La muchacha se le rió en tonces en plena cara y le regaló un gesto con el dedo corazón de la diestra, tan expresivo que no necesitaba de intérprete. Molesto, el moro la empujó y fue entonces cuando Brenda Blaine, con una elastici dad admirable, levantó la rodilla derecha y sin piedad alguna se la alojó al moro en la entrepierna. El gigante se dobló, estremecido, al tiempo que su alarido invocaba la ayuda de sus subordinados. Al instante quedó claro que, a pesar del idioma, un alarido suena igual en cualquier parte del mundo, por encima de gramáticas, sellos y arbitrariedades de aduana. Sin ninguna contemplación y a golpes, mi señora fue arrastrada rumbo a la comisaría del puerto y hasta allí la seguí, alucinado por el espectáculo.
El “álgebra de la necesidad”
“Hay lugares en los que el espíritu muere para que nazca una verdad que es su negación misma, escribía Albert Camus a propósito de Djémila, en la vecina Argelia, y tal sentencia es válida para el caso de Tánger. Punto crucial en la entrada a tres continentes, esta ciudad
