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Ofrenda Musulmana

Página 17

Transcripción con símbolos

pensaba lo mismo, aunque su itinerario definitivo era Madrid-París y | de allí a <su patria.> [↑ Los Ángeles.] Tras una ausencia que comenzó a preocuparnos el | moro [↑ se] apareció y, sorpresa tras sorpresa, nos apabulló con una nueva | muestra de su <generosidad:> [↑ hospitalidad:] no regresaríamos a Tánger sino que tomaría-|mos el tren que dos horas después saldría con destino a Marrakesh, y | para que nuestro estupor fuera mayor puso en mis manos de marido los | dos pasajes: Casablanca-Marrakesh, Marrakesh-Tánger: lo que habíamos des-|tinado para gastar en Casablanca tenía ya otro objetivo, cubriría nues-|tras necesidades o antojos en la mítica ciudad que florecía a los | pies del monte Atlas. Tanta <generosidad> [↑ amabilidad] comenzó a parecernos sospecho-|sa y El último de los abencerrajes advirtió nuestras reservas de occidentales decadentes pero honrados, por lo que, suavemente, nos llevó | fuera de la estación y era tanta su tristeza que con ella limó parte | de nuestra malicia: miró su reloj, hizo cálculos y luego nos paseó por | la ciudad. En la entrada de la Nueva Medina nos enseñó la Mahakma du | Pacha, una enorme fortaleza de piedra, que en mucho quiere imitar a la Alhambra y sus patios andaluces, pastiche que, no obstante sus preten-|siones, no consigue hacernos olvidar la belleza de las murallas y los | zocos. A tiempo para tomar el tren de nuestro nuevo destino, <El último> [↑ Aben-Hamet] | <de los abencerrajes> se despidió de nosotros con un abrazo sin alter-|nativas y a Brenda Elaine y a mí nos quedó por lo menos la certeza de | que en América, tanto en el norte como en el sur, la generosidad musul-|mana tendría en nuestro testimonio común el mejor antído<†>/t\o contra la | pésima imagen que los europeos le atribuyen a los pueblos del Magreb, | con mezquindad y racismo ancestrales.3 Colocó alrededor del cuello de | Brenda Elaine una guirnalda de azahar y mientras la muchacha, emocio-|nada y agradecida, le estampaba un par de besos, yo memorizaba las se-|ñas de su domicilio, por muchas razones inolvidable. <†> | <†> De alguna forma no éramos extraños: su | bella y mitificada ciudad era acariciada, como nuestro continente, por | las aguas del Atlántico.

III4

Ya en el tren, atestado de magrebíes que, pese al calor, parecían enfun-|darse aún más en sus chilabas, cargados de niños y bultos, de pollos y | otras aves difíciles de identificar para el ojo citadino, Brenda Elaine | y yo descubrimos que nos encontrábamos en otra dimensión. Un codazo de | mi señora me lo puso de presente como si me quedaran dudas al respec-|to: un gordo con aspecto de derviche, astutamente colocado a su derecha, se la comía <hace un> [↑ desde hacía un buen] rato con sus ojos. Coqueta y envanecida, Brenda Elai-|ne agradeció la deferencia con una sonrisa y ambos nos sumergimos a


Desde "con" hasta "ancestrales" se hace una corección manuscrita, señalando que va luego de "que los europeos"

4 Se hace una nota manuscrita, rodeando el numeral con un círculo.

Transcripción sin símbolos

pensaba lo mismo, aunque su itinerario definitivo era Madrid-París y de allí a Los Ángeles. Tras una ausencia que comenzó a preocuparnos el moro se apareció y, sorpresa tras sorpresa, nos apabulló con una nueva muestra de su hospitalidad: no regresaríamos a Tánger sino que tomaríamos el tren que dos horas después saldría con destino a Marrakesh, y para que nuestro estupor fuera mayor puso en mis manos de marido los dos pasajes: Casablanca-Marrakesh, Marrakesh-Tánger: lo que habíamos destinado para gastar en Casablanca tenía ya otro objetivo, cubriría nuestras necesidades o antojos en la mítica ciudad que florecía a los pies del monte Atlas. Tanta amabilidad comenzó a parecernos sospechosa y El último de los abencerrajes advirtió nuestras reservas de occidentales decadentes pero honrados, por lo que, suavemente, nos llevó fuera de la estación y era tanta su tristeza que con ella limó parte de nuestra malicia: miró su reloj, hizo cálculos y luego nos paseó por la ciudad. En la entrada de la Nueva Medina nos enseñó la Mahakma du Pacha, una enorme fortaleza de piedra, que en mucho quiere imitar a la Alhambra y sus patios andaluces, pastiche que, no obstante sus pretensiones, no consigue hacernos olvidar la belleza de las murallas y los zocos. A tiempo para tomar el tren de nuestro nuevo destino, Aben-Hamet se despidió de nosotros con un abrazo sin alternativas y a Brenda Elaine y a mí nos quedó por lo menos la certeza de que en América, tanto en el norte como en el sur, la generosidad musulmana tendría en nuestro testimonio común el mejor antídoto contra la pésima imagen que los europeos con mezquindad y racismo ancestrales le atribuyen a los pueblos del Magreb. Colocó alrededor del cuello de Brenda Elaine una guirnalda de azahar y mientras la muchacha, emocionada y agradecida, le estampaba un par de besos, yo memorizaba las señas de su domicilio, por muchas razones inolvidable. De alguna forma no éramos extraños: su bella y mitificada ciudad era acariciada, como nuestro continente, por las aguas del Atlántico.

III

Ya en el tren, atestado de magrebíes que, pese al calor, parecían enfundarse aún más en sus chilabas, cargados de niños y bultos, de pollos y otras aves difíciles de identificar para el ojo citadino, Brenda Elaine y yo descubrimos que nos encontrábamos en otra dimensión. Un codazo de mi señora me lo puso de presente como si me quedaran dudas al respecto: un gordo con aspecto de derviche, astutamente colocado a su derecha, se la comía desde hacía un buen rato con sus ojos. Coqueta y envanecida, Brenda Elaine agradeció la deferencia con una sonrisa y ambos nos sumergimos a

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