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Ofrenda Musulmana

Página 16

Transcripción con símbolos

terfecto, que hasta entonces se limitaba a actuar como marido ficticio | e intérprete, pareció renovarse. Reiniciado el viaje, nuestro anfitrión | volvió a enfilar en pos de la costa hasta Kenitra y por fin entramos | a Rabat, cuyas infinitas murallas me parecieron el mejor prolegómeno | de la Arabia Feliz, iluminadas e imponentes. Sus mezquitas y minaretes, | sus palacios y alcazabas se me antojaban ámbitos cerrados en los que | los complots estaban a la orden del día, con un ejército de huríes y | eunucos, aunque la certeza de una bien selecta colección de harenes | desprende de Las mil y una noches o de las viejas películas sobre | Bagdad o Alí Babá y sus cuarenta ladrones. Pero el hechizo no duró lo | bastante como para hacer estragos en nuestra ávida imaginación ya | que después de la pausa que refresca el veloz auto de nuestro anfi<trion>-|trión ponto superó el perímetro<s> de la c<†>/apita\l y de nuevo nos sumer-|gimos en la oscuridad de la noche, aunque cada cincuenta metros la carr[→ e]-|tera nos ofrecía, con una simetría piadosa, los interminables puestos | de ventas de melones de los nativos.

A pesar de los obligados lapsos de silencio, fruto de la fatiga o la | intimidad de cada cual, sólo nos detuvimos dos veces durante esta par-|te del trayecto: la primera, por imperativos fisiológicos de la bella | Brenda Elaine, quien [↑ rauda] se sumerg<†>/ió\ <rauda> en la sombra, ocasión que El | último de los abencerrajes aprovechó para <confesarme> [↑ comentarme] lo atractiva que | era mi señora, equívoco que por nada del mundo iba yo a desvelar; y la | segunda, a orillas del Oued Nfifik, un río donde había más piedras que | ruido y en cuya ribera nos detuvimos para dormir un rato. El moro y | yo nos arrellanamos en los asi[↑ e]ntos delanteros mientras que Brenda | Elaine, dueña por entero del asi[↑ e]nto posterior, se acomodó como un gato | y pronto escuchamos con placer el aria de su respiración californiana. | Alrededor de las cinco de la mañana reemprendimos la marcha y un par | de horas después hicimos la entrada triunfal en Casablanca. La ciudad, | para mí, tenía ahora más reminiscencias cinematográficas que nunca, ya | que incluso me atreví a imaginar un affaire en el que Brenda Elaine | usurpaba el papel de Ingrid Bergman, el moro era Bogart y yo, por su-|puesto, era [↑ Paul Henreid,] el afortunado que a costa del amor de los otros dos <, me> [↑ monopolizaba] | <iba con> la presa. <Tarareé durante un rato la entrañable melodía de> | <la película> [← Durante un rato tarareé la melodía “Así que pasan los años”, | la canción que Sam toca al piano con en una entrañable secuencia | de Casablanca. Bogart, aguijoneado por <la nostalgia> [↑ los recuerdos,] le dice al [→ músico “Play it again, Sam”] | <músico “Tócala de nuevo, Sam”>, y entonces el piano, limpio, transparente, <†> [↑ generoso,] | desgranó en breves frases el monólogo de la nostalgia. Volví<a> a tararear | la entrañable melodía pero] pero <† †> [↑ mis amigos] no se inmutaron, por lo que valoré muy | negativamente su cultura fílmica.Salto Mientras desayunábamos en la cafete-|ría de la estación, a donde nos llevó Aben-Hamet, calculé mis posibili-|dades de dinero para visitar la ciudad y regresar a Tánger, permanecer | allí dos o tres días y volver a España, y supongo que Brenda Elaine

Transcripción sin símbolos

terfecto, que hasta entonces se limitaba a actuar como marido ficticio e intérprete, pareció renovarse. Reiniciado el viaje, nuestro anfitrión volvió a enfilar en pos de la costa hasta Kenitra y por fin entramos a Rabat, cuyas infinitas murallas me parecieron el mejor prolegómeno de la Arabia Feliz, iluminadas e imponentes. Sus mezquitas y minaretes, sus palacios y alcazabas se me antojaban ámbitos cerrados en los que los complots estaban a la orden del día, con un ejército de huríes y eunucos, aunque la certeza de una bien selecta colección de harenes desprende de Las mil y una noches o de las viejas películas sobre Bagdad o Alí Babá y sus cuarenta ladrones. Pero el hechizo no duró lo bastante como para hacer estragos en nuestra ávida imaginación ya que después de la pausa que refresca el veloz auto de nuestro anfitrión ponto superó el perímetro de la capital y de nuevo nos sumergimos en la oscuridad de la noche, aunque cada cincuenta metros la carretera nos ofrecía, con una simetría piadosa, los interminables puestos de ventas de melones de los nativos.

A pesar de los obligados lapsos de silencio, fruto de la fatiga o la intimidad de cada cual, sólo nos detuvimos dos veces durante esta parte del trayecto: la primera, por imperativos fisiológicos de la bella Brenda Elaine, quien rauda se sumergió en la sombra, ocasión que El último de los abencerrajes aprovechó para comentarme lo atractiva que era mi señora, equívoco que por nada del mundo iba yo a desvelar; y la segunda, a orillas del Oued Nfifik, un río donde había más piedras que ruido y en cuya ribera nos detuvimos para dormir un rato. El moro y yo nos arrellanamos en los asientos delanteros mientras que Brenda Elaine, dueña por entero del asiento posterior, se acomodó como un gato y pronto escuchamos con placer el aria de su respiración californiana. Alrededor de las cinco de la mañana reemprendimos la marcha y un par de horas después hicimos la entrada triunfal en Casablanca. La ciudad, para mí, tenía ahora más reminiscencias cinematográficas que nunca, ya que incluso me atreví a imaginar un affaire en el que Brenda Elaine usurpaba el papel de Ingrid Bergman, el moro era Bogart y yo, por supuesto, era Paul Henreid, el afortunado que a costa del amor de los otros dos monopolizaba la presa. Durante un rato tarareé la melodía “Así que pasan los años”, la canción que Sam toca al piano con en una entrañable secuencia de Casablanca. Bogart, aguijoneado por los recuerdos, le dice al músico “Play it again, Sam”, y entonces el piano, limpio, transparente, generoso, desgranó en breves frases el monólogo de la nostalgia. Volvía a tararear la entrañable melodía pero mis amigos no se inmutaron, por lo que valoré muy negativamente su cultura fílmica.

Mientras desayunábamos en la cafetería de la estación, a donde nos llevó Aben-Hamet, calculé mis posibilidades de dinero para visitar la ciudad y regresar a Tánger, permanecer allí dos o tres días y volver a España, y supongo que Brenda Elaine

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