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Transcripción con símbolos
[Filídula]
Cubierto pues el problema del alojamiento, me lancé a la noche y tras | cenar opté por visitar uno de esos palúdicos tablaos que atestan las | calles de la ciudad. Desde la barra contemplé la evolución de unos | cuantos “artistas” que se lucían ante hippies y moros indigentes y fue | entonces cuando la vi por primera vez. Me llamó la atención su desenfa-|do y, al mismo tiempo, su seguridad en sí misma. Su cabellera color miel, | lacia y ligera sobre los hombros, su cuerpo joven y elástico, sus blue-|jeans y sus sandalias le daban un aspecto que no dejaba dudas sobre | su identidad: alguna joven estudiante alemana en pleno uso de sus va-|caciones. Quise grabar para mi gozosa memoria dos cosas: el tono marfi-|leño de su piel, bronceada por el largo sur, [↑ la nariz firme y una mirada inquieta e inteligente y, no sé por qué,] su blusa púrpura que al | caer libremente sobre su pecho parecía negar la existencia de sus se-|nos.Salto de página Dio un par de vueltas por el lugar y al cabo de unos diez minutos | desapareció. Los hippies la ignoraron, por lo que deduje viajaba sola, aunque aviesa tanda de sevillanas hizo que pronto me olvidara de | la muchacha. [← Filídula] Al día siguiente, alrededor de las ocho, acudí a recoger la | visa al consulado marroquí y luego desayuné en una tabernucha que ya | a esa hora apestaba a pincho moruno de forma despiadada. Recorrí algu-|nas callejuelas y me perdí entre los puestos del <†>/mercado\. Tras el almue[→r]-|zo <fui> [↑ me dirigí] a las oficinas de aduanas, comprobé por precaución que tras la | obtención de la visa ya era un hombre lo que se dice legal, y luego re-|gresé al centro de la ciudad. En la sala de espera del terminal de au-|tobuses, en donde había dejado consignado mi equipaje tras el viaje | a La Linea de la Concepción, volví a ver a la muchacha de la noche an-|terior, sumergida en la lectura de la revista, aunque un notorio ner-|viosismo la instaba a levantarse a cada rato, caminaba de un lado para | otro, con la impaciencia de quien sólo quiere que el tiempo pase, volvía | a sentarse, hojeaba de nuevo la revista y al cabo de breves minutos | reiniciaba su peripatético ritual.
Recogí mi equipaje y me <dirigí> [↑ encaminé] hacia el puerto donde, tras la cola de | rigor y las diligencias de aduana, abordé por fin “El Príncipe de la | Paz”. Un cuarto de hora después zarpamos y mientras veía cómo la costa | española se alejaba de nosotros me puse a dar vueltas por la cubierta | al tiempo que observaba con mayor atención la mole de Gibraltar, que | a medida que aumentaba la distancia se apreciaba con mayor nitidez, | imponente y grandiosa. Y fue en el curso de uno de esos paseos por la | atestada cubierta cuando me encontré frente a frente con la muchacha, | que por primera vez me miró a los ojos aunque algo en su mirada me | hizo pensar que me conocía desde siempre. Tras vacilar un rato me deci
Transcripción sin símbolos
Filídula
Cubierto pues el problema del alojamiento, me lancé a la noche y tras cenar opté por visitar uno de esos palúdicos tablaos que atestan las calles de la ciudad. Desde la barra contemplé la evolución de unos cuantos “artistas” que se lucían ante hippies y moros indigentes y fue entonces cuando la vi por primera vez. Me llamó la atención su desenfado y, al mismo tiempo, su seguridad en sí misma. Su cabellera color miel, lacia y ligera sobre los hombros, su cuerpo joven y elástico, sus bluejeans y sus sandalias le daban un aspecto que no dejaba dudas sobre su identidad: alguna joven estudiante alemana en pleno uso de sus vacaciones. Quise grabar para mi gozosa memoria dos cosas: el tono marfileño de su piel, bronceada por el largo sur, la nariz firme y una mirada inquieta e inteligente y, no sé por qué, su blusa púrpura que al caer libremente sobre su pecho parecía negar la existencia de sus senos.
Dio un par de vueltas por el lugar y al cabo de unos diez minutos desapareció. Los hippies la ignoraron, por lo que deduje viajaba sola, aunque aviesa tanda de sevillanas hizo que pronto me olvidara de la muchacha. Al día siguiente, alrededor de las ocho, acudí a recoger la visa al consulado marroquí y luego desayuné en una tabernucha que ya a esa hora apestaba a pincho moruno de forma despiadada. Recorrí algunas callejuelas y me perdí entre los puestos del mercado. Tras el almuerzo me dirigí a las oficinas de aduanas, comprobé por precaución que tras la obtención de la visa ya era un hombre lo que se dice legal, y luego regresé al centro de la ciudad. En la sala de espera del terminal de autobuses, en donde había dejado consignado mi equipaje tras el viaje a La Linea de la Concepción, volví a ver a la muchacha de la noche anterior, sumergida en la lectura de la revista, aunque un notorio nerviosismo la instaba a levantarse a cada rato, caminaba de un lado para otro, con la impaciencia de quien sólo quiere que el tiempo pase, volvía a sentarse, hojeaba de nuevo la revista y al cabo de breves minutos reiniciaba su peripatético ritual.
Recogí mi equipaje y me encaminé hacia el puerto donde, tras la cola de rigor y las diligencias de aduana, abordé por fin “El Príncipe de la Paz”. Un cuarto de hora después zarpamos y mientras veía cómo la costa española se alejaba de nosotros me puse a dar vueltas por la cubierta al tiempo que observaba con mayor atención la mole de Gibraltar, que a medida que aumentaba la distancia se apreciaba con mayor nitidez, imponente y grandiosa. Y fue en el curso de uno de esos paseos por la atestada cubierta cuando me encontré frente a frente con la muchacha, que por primera vez me miró a los ojos aunque algo en su mirada me hizo pensar que me conocía desde siempre. Tras vacilar un rato me deci
