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Ofrenda Musulmana

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Transcripción con símbolos

[↑ Eres hermosa como el genio de mi patria
en medio de estas ruinas…”
Chateaubriand / Las aventuras del último | abencerraje]

La ofrenda musulmana

Por R.H. Moreno-Durán ©

[I]

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II

Todo había comenzado algunas semanas antes. Tras varias jornadas de viaje por diversas ciudades andaluzas decidí pasar a Tánger. Fue en el trayecto que de Cádiz conduce a La Línea de la Concepción —la visita a Gibraltar, aunque sólo fuera para observar; la imponente y conflictiva roca, me parecía obligada— cuando la idea prosperó, sobre todo al pasar por la localidad de Tarifa. Algo en mí se llenó de reminiscencias librescas, aumentadas por la densidad de una luz casi hiriente, el litoral azul y la blancura uniforme de las casas. Con la fuerza de una epifanía, el lugar me remitía súbitamente a algo que no entraba en mis planes pero que se me ofrecía como una dádiva irrechazable: al otro lado del estrecho me aguardaba un continente por entero opuesto a todo lo que yo había conocido hasta entonces, algo que, al menos en mi visión de las cosas, olía a azahar y era blanco y azul como Tarifa.

Tras dos días de permanencia en La Línea y superado el rito casi masoquista de observar a diario la mole hostigante de Gibraltar —sumergirme en las aguas que bañan sus playas y acantilados fue como violar la estúpida frontera artificial que británicos y españoles habían levantado desde comienzos del siglo XVIII— decidí viajar hasta Algeciras, necesario puente para llegar al África. Pero de nuevo la formalidad oficial me hizo

Transcripción sin símbolos

“Eres hermosa como el genio de mi patria
en medio de estas ruinas…”
Chateaubriand
Las aventuras del último abencerraje

La ofrenda musulmana

Por R.H. Moreno-Durán ©

I

Observo una vez más el recinto y entonces descubro por qué la penuria se resume en un triste símil: como un loro con las alas desplegadas, sorprendido en la mitad de un grito, la estrella verde y solitaria se impone en medio de la roja bandera de Marruecos. Al lado del pabellón, Brenda Elaine Eleazar, ensimismada y ausente, parece un ícono que resplandece con luz propia a pesar de la sordidez del despacho que hace las veces de antesala en la comisaría del puerto de Tánger. La bandera y la muchacha forman un extraño conjunto, y desde el otro lado de la barandilla —que es tanto como decir, del otro lado de la libertad — observo el panorama. Durante ocho horas he divagado mientras espero la liberación de Brenda Elaine, cómplice y esposa honoris causa, detenido por agredir en circunstancias muy particulares al capitán de la gendarmería del puerto. ¿Qué había ocurrido? Entre la voz agreste de los policías y la mirada remota de vendedores de abalorios, entre la algarabía de toda clase de demandantes que garlan una lengua indescifrable, cautivado por la mesurada expectativa de algunos turistas alemanes que han acudido a poner denuncias por estafa o robo, cansado por la larga espera he buceado varias veces en mi reciente memoria para buscarle un sentido a mi más bien extraña aunque nada divertida situación.

II

Todo había comenzado algunas semanas antes. Tras varias jornadas de viaje por diversas ciudades andaluzas decidí pasar a Tánger. Fue en el trayecto que de Cádiz conduce a La Línea de la Concepción —la visita a Gibraltar, aunque sólo fuera para observar; la imponente y conflictiva roca, me parecía obligada— cuando la idea prosperó, sobre todo al pasar por la localidad de Tarifa. Algo en mí se llenó de reminiscencias librescas, aumentadas por la densidad de una luz casi hiriente, el litoral azul y la blancura uniforme de las casas. Con la fuerza de una epifanía, el lugar me remitía súbitamente a algo que no entraba en mis planes pero que se me ofrecía como una dádiva irrechazable: al otro lado del estrecho me aguardaba un continente por entero opuesto a todo lo que yo había conocido hasta entonces, algo que, al menos en mi visión de las cosas, olía a azahar y era blanco y azul como Tarifa.

Tras dos días de permanencia en La Línea y superado el rito casi masoquista de observar a diario la mole hostigante de Gibraltar —sumergirme en las aguas que bañan sus playas y acantilados fue como violar la estúpida frontera artificial que británicos y españoles habían levantado desde comienzos del siglo XVIII— decidí viajar hasta Algeciras, necesario puente para llegar al África. Pero de nuevo la formalidad oficial me hizo

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