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Transcripción con símbolos
¿Te acuerdas de aquel sur en el rojo verano?
Entré en la breve noche para gozar tu huerto:
rincón de la madreselva, dos pequeños naranjos,
y aquel jazmín tan negro, de tanto olor, rodando
la falda del ciprés que sube al cielo.
Bañó el árbol la luna, y se mojó mi boca.
Y qué cansados luego las aguas y las rosas,
el ciprés, los naranjos, el ladrón de aquel huerto,
y todo fue furtivo: el alba, luego el sueño…
Las voces de la ciudad
Al otro día, la Kasbah me hizo pensar en el Malah, el barrio judío de | la ciudad, también repleto de las cosas más diversas e | incluso insólitas, con la diferencia de que el vendedor judío aparecía | siempre con un semblante triste y como de saldo. ¿Por qué el marroquí | nos parecía más alegre y divertido, más vivo? En cualquier caso, la tensa situación árabe-israelí aconsejaba desechar una visita larga al | Melah. Y a propósito de este barrio, algo me hizo recordar una anécdota | que Elías Canetti registra en Voces de Marrakesh: la imagen de un an-|ciano judío, cuyo negocio consistía en vender “un único y reseco limón”, | lo que bastaba para convertirlo en un comerciante en toda la ley. La | anécdota contrastaba con los atiborrados toldillos de la competencia y, sobre todo, con la incalculable sucesión de puestos de ventas de me-|lones a lo largo de la carretera que de Tánger conduce a esta ciudad.
Y al pensar en Canetti, vagando por las intrincadas calles, no | pude evitar la evocación de Ernst Jünger, quien en una fotografía apa-|rece acariciando a un halcón en el zoco de Marrakesh: no pensaba, por | supuesto, en los ojos de halcón de Filídula durante nuestras nupcias | sino en algo mucho más literario. Ciertamente, la anécdota no deja de | ser significativa para mí ya que el halcón terminó por convertirse | en el ave emblemática de esa parcela de mi obra adscrita a lo que he | denominado “escritura transeúnte” y ya aparecía, en ese entonces, como | un gesto premonitorio en la experiencia de mis peregrinaciones. Pero más allá de las asociaciones librescas, todo se complicaba merced a | una extensa red de vericuetas y callejuelas infectas y retorcidas | donde, a la vuelta de cada esquina, y pese a la convincente compañía | de Brenda Elaine, le salía al paso del viandante la oferta de amor | efebo, avizor en las puertas. No dejó de sorprendernos la persistencia | de un hombre con fez rojo y mugriento, un proxeneta que pregonaba sus | adolescentes sugerencias muy cerca del zoco, donde pululan algunos | cafés turbios. Pero la belleza de Filídula y su rotunda sensualidad
Transcripción sin símbolos
¿Te acuerdas de aquel sur en el rojo verano?
Entré en la breve noche para gozar tu huerto:
rincón de la madreselva, dos pequeños naranjos,
y aquel jazmín tan negro, de tanto olor, rodando
la falda del ciprés que sube al cielo.
Bañó el árbol la luna, y se mojó mi boca.
Y qué cansados luego las aguas y las rosas,
el ciprés, los naranjos, el ladrón de aquel huerto,
y todo fue furtivo: el alba, luego el sueño…
Las voces de la ciudad
Al otro día, la Kasbah me hizo pensar en el Malah, el barrio judío de la ciudad, también repleto de las cosas más diversas e incluso insólitas, con la diferencia de que el vendedor judío aparecía siempre con un semblante triste y como de saldo. ¿Por qué el marroquí nos parecía más alegre y divertido, más vivo? En cualquier caso, la tensa situación árabe-israelí aconsejaba desechar una visita larga al Melah. Y a propósito de este barrio, algo me hizo recordar una anécdota que Elías Canetti registra en Voces de Marrakesh: la imagen de un anciano judío, cuyo negocio consistía en vender “un único y reseco limón”, lo que bastaba para convertirlo en un comerciante en toda la ley. La anécdota contrastaba con los atiborrados toldillos de la competencia y, sobre todo, con la incalculable sucesión de puestos de ventas de melones a lo largo de la carretera que de Tánger conduce a esta ciudad.
Y al pensar en Canetti, vagando por las intrincadas calles, no pude evitar la evocación de Ernst Jünger, quien en una fotografía aparece acariciando a un halcón en el zoco de Marrakesh: no pensaba, por supuesto, en los ojos de halcón de Filídula durante nuestras nupcias sino en algo mucho más literario. Ciertamente, la anécdota no deja de ser significativa para mí ya que el halcón terminó por convertirse en el ave emblemática de esa parcela de mi obra adscrita a lo que he denominado “escritura transeúnte” y ya aparecía, en ese entonces, como un gesto premonitorio en la experiencia de mis peregrinaciones. Pero más allá de las asociaciones librescas, todo se complicaba merced a una extensa red de vericuetas y callejuelas infectas y retorcidas donde, a la vuelta de cada esquina, y pese a la convincente compañía de Brenda Elaine, le salía al paso del viandante la oferta de amor efebo, avizor en las puertas. No dejó de sorprendernos la persistencia de un hombre con fez rojo y mugriento, un proxeneta que pregonaba sus adolescentes sugerencias muy cerca del zoco, donde pululan algunos cafés turbios. Pero la belleza de Filídula y su rotunda sensualidad
