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Ofrenda Musulmana

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Transcripción con símbolos

como una gema enrojecida por el sol del desierto, se instala en la me-|moria. Mitificada desde tiempo atrás por la voz agradecida de los visi-|tantes, no hay escrúpulos para las agencias de turismo que venden lo | ya hecho como una perla sobre la verde isla de bereberes. Nada | miente aquí, pues la verdad se esconde con frecuencia tras el esplendor | de las palmeras y el perfume que viene de ámbitos remotos, y eso fue | precisamente lo que Brenda Elaine y yo advertimos apenas nos instala-|mos en la urbe. El minarete de la Kortubia fue durante un buen tiempo | nuestra brújula en medio de la insólita proliferación de cordeleros y | vendedores de tapices, de torneros aplicados a trabajar de forma magis-|tral la madera y los teñidores de lana, de cesteros y aguadores multi-|colormente ataviados, aunque nada tan absorbente como el paseo por el | bazar de las especias y, como si nuestro asombro no tuviera fin, el ri-|to fascinante y misterioso de los encantadores de serpientes.

Toda la fauna de la plaza Xemmá El Fná, con sus acróbatas, bailarines y | tragafuegos, con sus olores y colores y sabores, se veía coronada de | alguna forma por unos cuantos individuos que garlaban y garlaban en | una lengua incomprensible para nosotros, con un deje guturalmente armó-|nico y extraño, y a cuyo alrededor se detenían durante horas buena par-|te de los viandantes. Tuvieron que transcurrir algunos años más antes | de que Juan Goytisolo, en Barcelona, me contara se trataba de los miem-|bros de una cofradía ilustre: la de quienes se ganaban la vida narrando | historias en la más pulcra y refinada tradición oral. Goytisolo, huésped | fervoroso y fiel de la ciudad, ha sido el único escritor español en va-|rios siglos que ha recuperado el idioma y la oralidad árabes para insu-|flarle a su propia obra uno de los componentes del castellano: su apor-|te no es una innovación sino una recuperación, y así lo advierte el | propio Goytisolo al comparar la oralidad pública de los narradores de | la Xemmá El Fná con el brillante río verbal del Arcipreste de Hita au-|tor que supo conciliar el aporte árabe con las esencias primigenias | del castellano, por lo que de tal maridaje aflora, como en una fuente musulmana, la calidad identidad de una literatura que es voz transparen-|te e inagotable, que se nutre y perpetúa a sí misma como la imaginación | que le da a vida, noche tras noche, a la astucia oral de Sherezada.

Filídula es fiel a su poema

Sin horario, extraviados deliberadamente por los zocos, y tras la visita | a la Koubba, el minarete de la mezquita Ben Youssef y, sobre todo, a la | medersa homónima, Brenda Elaine y yo recuperamos fuerzas con un buen | plato de harira —la sopa de rigor— y algunos pinchos morunos y de

Transcripción sin símbolos

como una gema enrojecida por el sol del desierto, se instala en la memoria. Mitificada desde tiempo atrás por la voz agradecida de los visitantes, no hay escrúpulos para las agencias de turismo que venden lo ya hecho como una perla sobre la verde isla de bereberes. Nada miente aquí, pues la verdad se esconde con frecuencia tras el esplendor de las palmeras y el perfume que viene de ámbitos remotos, y eso fue precisamente lo que Brenda Elaine y yo advertimos apenas nos instalamos en la urbe. El minarete de la Kortubia fue durante un buen tiempo nuestra brújula en medio de la insólita proliferación de cordeleros y vendedores de tapices, de torneros aplicados a trabajar de forma magistral la madera y los teñidores de lana, de cesteros y aguadores multicolormente ataviados, aunque nada tan absorbente como el paseo por el bazar de las especias y, como si nuestro asombro no tuviera fin, el rito fascinante y misterioso de los encantadores de serpientes.

Toda la fauna de la plaza Xemmá El Fná, con sus acróbatas, bailarines y tragafuegos, con sus olores y colores y sabores, se veía coronada de alguna forma por unos cuantos individuos que garlaban y garlaban en una lengua incomprensible para nosotros, con un deje guturalmente armónico y extraño, y a cuyo alrededor se detenían durante horas buena parte de los viandantes. Tuvieron que transcurrir algunos años más antes de que Juan Goytisolo, en Barcelona, me contara se trataba de los miembros de una cofradía ilustre: la de quienes se ganaban la vida narrando historias en la más pulcra y refinada tradición oral. Goytisolo, huésped fervoroso y fiel de la ciudad, ha sido el único escritor español en varios siglos que ha recuperado el idioma y la oralidad árabes para insuflarle a su propia obra uno de los componentes del castellano: su aporte no es una innovación sino una recuperación, y así lo advierte el propio Goytisolo al comparar la oralidad pública de los narradores de la Xemmá El Fná con el brillante río verbal del Arcipreste de Hita autor que supo conciliar el aporte árabe con las esencias primigenias del castellano, por lo que de tal maridaje aflora, como en una fuente musulmana, la calidad identidad de una literatura que es voz transparente e inagotable, que se nutre y perpetúa a sí misma como la imaginación que le da a vida, noche tras noche, a la astucia oral de Sherezada.

Filídula es fiel a su poema

Sin horario, extraviados deliberadamente por los zocos, y tras la visita a la Koubba, el minarete de la mezquita Ben Youssef y, sobre todo, a la medersa homónima, Brenda Elaine y yo recuperamos fuerzas con un buen plato de harira —la sopa de rigor— y algunos pinchos morunos y de

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