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Transcripción con símbolos
postre melones. No podría faltar el complemento del té, infusión de la | que pronto nos hicimos adictos: por otra parte, un gramófono nos hizo | recordar cómo Sting se inspiró en uno de los textos de Paul Bowles | para componer su célebre melodía Tea in the Sahara. Y ya con la noche | encima, exhaustos por el asombro y las largas horas de peregrinación, | nos dedicamos a buscar un alojamiento al alcance de nuestras posibi-|lidades. Mis pesetas y sus dólares, convertidos en dírhams, arrojaron un | modesto patrimonio que, sin embargo, bien administrado, alcanzaba para | unos cinco o seis días de aventura común.
Debo reconocer aquí que por primera vez comprobé cómo el dictum adáni-|co de que basta nombrar para que las cosas sean, se cumplió. El último | de los abencerrajes me había otorgado una esposa, la había obsequiado | con flores de azahar e incluso nos había regalado todos los medios | para nuestra luna de miel en el desierto. Por todo ello, sin mayores | expectativas aunque también sin excesivos asedios, Brenda Elaine fue | mi esposa durante esos días de vagabundeo magrebí. Una habitación es-|trecha y paupérrima, situada en los altos de un ruidoso café, nos sir-|vió de refugio durante las tres noches de Marrakesh, y allí comprobé | la generosidad erótico-afectiva que ya había hecho célebre en el | mundo entero a California. Y comprobé también la penuria de nuestro | repertorio semántico: tradicionalmente, todos los escritores se desga-|ñitan inventando retórica para sublimar sus acoplamientos más ínti-|mos, aunque algo hizo que en mi caso el azar me regalara una joya in-|valuable. Puesto a definir el olor di fémina que tan perturbadoramente | irradiaba Filídula, recuperé de pronto la fragancia exótica de la almo-|jábana, palabra de estricta naturaleza árabe, olvidada por completo en | España mas no en nuestras Indias, y cuyo aroma posteriormente le adju-|diqué en Finale capriccioso con Madonna a Irene Almonacid, cuyo apelli-|do mismo remitía a tan excelsos goces, pues ambas palabras se funden | en una sola: al-muna y sidi o seid, lo que es tanto como decir: Provisio-|nes de boca para su señor… en cualquier caso, y para que la memoria | amorosa no me falle o para evitar que la nostalgia me suma en la cursi-|lería, prefiero evocar esas noches gracias a los transparentes versos | de Francisco Brines, quien en su poema Huerto en Marrakesh expresa | mejor lo que yo viví y Filídula me concedió, y que ahora, la emoción o | el pudor, me impiden recrear con voz propia:
Transcripción sin símbolos
postre melones. No podría faltar el complemento del té, infusión de la que pronto nos hicimos adictos: por otra parte, un gramófono nos hizo recordar cómo Sting se inspiró en uno de los textos de Paul Bowles para componer su célebre melodía Tea in the Sahara. Y ya con la noche encima, exhaustos por el asombro y las largas horas de peregrinación, nos dedicamos a buscar un alojamiento al alcance de nuestras posibilidades. Mis pesetas y sus dólares, convertidos en dírhams, arrojaron un modesto patrimonio que, sin embargo, bien administrado, alcanzaba para unos cinco o seis días de aventura común.
Debo reconocer aquí que por primera vez comprobé cómo el dictum adánico de que basta nombrar para que las cosas sean, se cumplió. El último de los abencerrajes me había otorgado una esposa, la había obsequiado con flores de azahar e incluso nos había regalado todos los medios para nuestra luna de miel en el desierto. Por todo ello, sin mayores expectativas aunque también sin excesivos asedios, Brenda Elaine fue mi esposa durante esos días de vagabundeo magrebí. Una habitación estrecha y paupérrima, situada en los altos de un ruidoso café, nos sirvió de refugio durante las tres noches de Marrakesh, y allí comprobé la generosidad erótico-afectiva que ya había hecho célebre en el mundo entero a California. Y comprobé también la penuria de nuestro repertorio semántico: tradicionalmente, todos los escritores se desgañitan inventando retórica para sublimar sus acoplamientos más íntimos, aunque algo hizo que en mi caso el azar me regalara una joya invaluable. Puesto a definir el olor di fémina que tan perturbadoramente irradiaba Filídula, recuperé de pronto la fragancia exótica de la almojábana, palabra de estricta naturaleza árabe, olvidada por completo en España mas no en nuestras Indias, y cuyo aroma posteriormente le adjudiqué en Finale capriccioso con Madonna a Irene Almonacid, cuyo apellido mismo remitía a tan excelsos goces, pues ambas palabras se funden en una sola: al-muna y sidi o seid, lo que es tanto como decir: Provisiones de boca para su señor… en cualquier caso, y para que la memoria amorosa no me falle o para evitar que la nostalgia me suma en la cursilería, prefiero evocar esas noches gracias a los transparentes versos de Francisco Brines, quien en su poema Huerto en Marrakesh expresa mejor lo que yo viví y Filídula me concedió, y que ahora, la emoción o el pudor, me impiden recrear con voz propia:
