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Ofrenda Musulmana

Página 4

Transcripción con símbolos

da en la cartulina azul que registraba nuestro pasaje común hacia Eu-|ropa. No puedo partir la cartulina y marcharme con mi pedazo, le dije: | mi destino aparecía así unido al de Filídula, sin posibilidad alguna | de divorcio, y el gendarme me compadeció, y no era para menos. Como a | las diez de la noche consultó con alguien por teléfono y a continuació1 | le dijo al guardia que pusiera en libertad a la detenida. Y fue aquí | cuando comenzó la otra historia. Brenda Elaine se puso a gritar y a pa-|talear, aferrada a la puerta, y decía que no se iba hasta que no vinie-|ra su cónsul a aclarar la situación. Y en parte no le faltaba razón, | pues si nos saltamos la ventana de la quinta estampilla no fue culpa | nuestra sino del funcionario que abandonó su puesto. Todo ello, junto | con el estado de creciente tensión de la muchacha, a lo que hay que | agregar el tono altanero del capitán y su contundente reacción, preci-|pitó la actitud de mi señora y me convirtió en el cansado espectador | de una situación bochornosa.

Alrededor de las doce de la noche comenzó a merodear por la comisaría | un anciano con pinta de derviche, hermoso como el más noble de los | zegríes, enfundado enuna2 vieja pero pulcra chilaba, barba blanca y ojos | profundos y brillantes, y quien a punta de infinitivos me preguntó qué | ocurría. Tras resumirle mi drama asintió y luego de pedirle permiso al | gendarme, que hizo de intérprete, conversó con Brenda Elaine. Tan miste-|riosa como sorprendentemente, la muchacha se calmó y entonces el dervi-|che, suave, amorosamente, en una actitud semejante a la de Aben-Hamet du-|rante su despedida, le colocó en torno al cuello una gu<**>/ir\nalda de aba-|lorios. Le dijo algo al oído y aunque la muchacha evidentemente no en-|tendió su rostro se iluminó como si acabara de hablar con su madre, y | lo más extraño es que a continuación se sumergió en un llanto apaci-|ble y feliz. Con la misma agilidad con que golpeó al capitán del puer-|to se lanzó en brazos del anciano y le dio un entrañable beso en la | mejilla, se acercó luego hasta donde me encontraba y con voz quebrada | me dijo Vámonos. Media hora después abordamos uno de los últimos ferrys | y cuando ya despuntaba el alba llegamos al mefítico puerto de Algeci-|ras. Al promediar la mañana nos despedimos embargados por una extraña | ternura, ella rumbo a París y luego a California, yo rumbo a Málaga y finalmente a Barcelona.

Antes de conocer a Brenda Elaine, antes de imaginar siquiera las largas | jornadas en las que nos unió el generoso azar, antes del hallazgo y | la pérdida, Tánger era para mí sólo una leve referencia libresca: la | sede de la Universidad del Homicidio, evocada por Giovanni Papini en


1 Así en el manuscrito.

2 Ambas palabras separadas con una línea horizontal.

Transcripción sin símbolos

da en la cartulina azul que registraba nuestro pasaje común hacia Europa. No puedo partir la cartulina y marcharme con mi pedazo, le dije: mi destino aparecía así unido al de Filídula, sin posibilidad alguna de divorcio, y el gendarme me compadeció, y no era para menos. Como a las diez de la noche consultó con alguien por teléfono y a continuación le dijo al guardia que pusiera en libertad a la detenida. Y fue aquí cuando comenzó la otra historia. Brenda Elaine se puso a gritar y a patalear, aferrada a la puerta, y decía que no se iba hasta que no viniera su cónsul a aclarar la situación. Y en parte no le faltaba razón, pues si nos saltamos la ventana de la quinta estampilla no fue culpa nuestra sino del funcionario que abandonó su puesto. Todo ello, junto con el estado de creciente tensión de la muchacha, a lo que hay que agregar el tono altanero del capitán y su contundente reacción, precipitó la actitud de mi señora y me convirtió en el cansado espectador de una situación bochornosa.

Alrededor de las doce de la noche comenzó a merodear por la comisaría un anciano con pinta de derviche, hermoso como el más noble de los zegríes, enfundado en una vieja pero pulcra chilaba, barba blanca y ojos profundos y brillantes, y quien a punta de infinitivos me preguntó qué ocurría. Tras resumirle mi drama asintió y luego de pedirle permiso al gendarme, que hizo de intérprete, conversó con Brenda Elaine. Tan misteriosa como sorprendentemente, la muchacha se calmó y entonces el derviche, suave, amorosamente, en una actitud semejante a la de Aben-Hamet durante su despedida, le colocó en torno al cuello una guirnalda de abalorios. Le dijo algo al oído y aunque la muchacha evidentemente no entendió su rostro se iluminó como si acabara de hablar con su madre, y lo más extraño es que a continuación se sumergió en un llanto apacible y feliz. Con la misma agilidad con que golpeó al capitán del puerto se lanzó en brazos del anciano y le dio un entrañable beso en la mejilla, se acercó luego hasta donde me encontraba y con voz quebrada me dijo Vámonos. Media hora después abordamos uno de los últimos ferrys y cuando ya despuntaba el alba llegamos al mefítico puerto de Algeciras. Al promediar la mañana nos despedimos embargados por una extraña ternura, ella rumbo a París y luego a California, yo rumbo a Málaga y finalmente a Barcelona.

Antes de conocer a Brenda Elaine, antes de imaginar siquiera las largas jornadas en las que nos unió el generoso azar, antes del hallazgo y la pérdida, Tánger era para mí sólo una leve referencia libresca: la sede de la Universidad del Homicidio, evocada por Giovanni Papini en

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