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Transcripción con símbolos
nos brinda, por una parte, la imagen fatigada de una honda decrepitud | social, y, por otra, el rostro hierático, casi sacerdotal, de las pitoni-|sas más afectadas de la cultura occidental que, al igual que gángsters | y alcahuetes, corren sudorosas tras el pinchazo, la inoculación y el | nuevo estímulo, mientras la ciudad calla, suicida e irónica, aunque | —¿por qué no?— también sonríe.
Diez años más tarde el escritor marroquí Mouhamed Choukri —uno de | los valores narrativos descubierto por Paul Bowles y celebrado por | Juan Goytisolo—, al escuchar mi historia, me dijo: “Tuviste una gran | suerte. El Tánger que viviste ya no existe”. Y es cierto: el Tánger cos-|mopolita y que tanta mitología engendró, desapareció merced a los | vaivenes de la política internacional, aunque como soporte de mi memo-|ria queda el ambiente que Choukri revela en sus aspectos más sórdidos | en la novela El pan desnudo, y que pertence a otra esfera de la his-|toria. Lo que antaño fue la Meca de la droga y el amable extravío per-|dío todo su interés: el “Algebra de la necesidad” se enseña ahora en | todas las escuelas del mundo, en ejercicio de una pedagogía del horror | despojada incluso del aura de que hacían gala sus exponentes más famo-|sos: una cátedra sórdida donde la única ecuación a resolver es la decre-|pitud temprana, carente de esa peculiar poesía con que en épocas más fe-|lices querían justificarla sus oficiantes.
El “Algebra de la necesidad” puede ser también ese punto de equili-|brio entre la miseria de esta realidad y el goce acendrado del droga-|dicto. Y Tánger, ciudad que todo lo permite menos desacralizar su leyen-|da, es el teatro de tan peligroso límite. Erigida en obligada memoria, | como antes lo fueran Estambul y Alejandría, esta ciudad también se | levanta sobre su nostalgia con las mismas severas admoniciones de | Kavafis: “No hay tierra nueva, amigo mío, ni mar nuevo, pues la ciudad | te seguirá / y por las mismas calles has de andar / interminablemente | / pues iguales suburbios mentales van de la juventud a la vejez…/ | La ciudad es una jaula, ¿no has comprendido / que al arruinar aquí | tu vida entera / la has malogrado para cualquier otro sitio del mun-|do?” Y si la ciudad alcanza el esplendor de su leyenda, viciado o no, | en la imaginación gozosa de sus habituales visitantes, también allí | —en la mente— comienza el proceso de su descomposición y ruina. | En todo esto, ¿qué es lo que funciona mal? La mente que irradia sus | obsesiones sobre la ciudad —escrita, soñada o padecida— hace que | ésta encarne un mito que no le corresponde aunque grandes parcelas | de la realidad así lo sugieran: tráfico de blancas, mercado de estupe-
Transcripción sin símbolos
nos brinda, por una parte, la imagen fatigada de una honda decrepitud social, y, por otra, el rostro hierático, casi sacerdotal, de las pitonisas más afectadas de la cultura occidental que, al igual que gángsters y alcahuetes, corren sudorosas tras el pinchazo, la inoculación y el nuevo estímulo, mientras la ciudad calla, suicida e irónica, aunque —¿por qué no?— también sonríe.
Diez años más tarde el escritor marroquí Mouhamed Choukri —uno de los valores narrativos descubierto por Paul Bowles y celebrado por Juan Goytisolo—, al escuchar mi historia, me dijo: “Tuviste una gran suerte. El Tánger que viviste ya no existe”. Y es cierto: el Tánger cosmopolita y que tanta mitología engendró, desapareció merced a los vaivenes de la política internacional, aunque como soporte de mi memoria queda el ambiente que Choukri revela en sus aspectos más sórdidos en la novela El pan desnudo, y que pertence a otra esfera de la historia. Lo que antaño fue la Meca de la droga y el amable extravío perdío todo su interés: el “Algebra de la necesidad” se enseña ahora en todas las escuelas del mundo, en ejercicio de una pedagogía del horror despojada incluso del aura de que hacían gala sus exponentes más famosos: una cátedra sórdida donde la única ecuación a resolver es la decrepitud temprana, carente de esa peculiar poesía con que en épocas más felices querían justificarla sus oficiantes.
El “Algebra de la necesidad” puede ser también ese punto de equilibrio entre la miseria de esta realidad y el goce acendrado del drogadicto. Y Tánger, ciudad que todo lo permite menos desacralizar su leyenda, es el teatro de tan peligroso límite. Erigida en obligada memoria, como antes lo fueran Estambul y Alejandría, esta ciudad también se levanta sobre su nostalgia con las mismas severas admoniciones de Kavafis: “No hay tierra nueva, amigo mío, ni mar nuevo, pues la ciudad te seguirá / y por las mismas calles has de andar / interminablemente / pues iguales suburbios mentales van de la juventud a la vejez…/ La ciudad es una jaula, ¿no has comprendido / que al arruinar aquí tu vida entera / la has malogrado para cualquier otro sitio del mundo?” Y si la ciudad alcanza el esplendor de su leyenda, viciado o no, en la imaginación gozosa de sus habituales visitantes, también allí —en la mente— comienza el proceso de su descomposición y ruina. En todo esto, ¿qué es lo que funciona mal? La mente que irradia sus obsesiones sobre la ciudad —escrita, soñada o padecida— hace que ésta encarne un mito que no le corresponde aunque grandes parcelas de la realidad así lo sugieran: tráfico de blancas, mercado de estupe-
