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Ofrenda Musulmana

Página 12

Transcripción con símbolos

cuestionar mis proyectos: ignoraba que por razones de ciudadanía ne-|cesitaba obtener visa para trasladarme al otro lado, por lo que me ví | obligado a pernoctar en la más horrible ciudad del mundo. Ciertamente, | Algeciras es un puerto volcado sobre los menesteres de tránsito, mer-|cados más bien precarios y, eso sí, una evidente preocupación policial | sobre quienes zarpan o llegan. Pero lo peor de todo es un largo canal | de agua pútrida que atraviesa parte de la ciudad y que es suficiente | para otorgarle un sello mefítico insoportable. Solucionado el problema de la visa de un día para otro —cada retraso de esta índole es una | <obligada> [↑ pródiga] fuente de ingresos a costa de los turistas distraídos—, pro-|blema que, curiosamente, tuve que compartir con los ciudadanos de la | República Federal de Alemania, <tan> discriminados en Marruecos como si | <ellos y los colombianos tuviéramos que ver todavía> [↑ todavía tuvieran que ver] con el Afrika Korps, | aproveché las horas muertas antes de la salida del barco, con tal de | no aburrirme como un idiota.

Unos cuantos vasos de vino en bares de distinta identidad, donde la mú-|sica de los gramófonos no dejaba duda sobre su naturaleza fronteriza: | canciones árabes semioccidentalizadas alternaban con un repertorio no | muy ortodoxo de cante jondo, unos cuantos pasodobles de la vieja guar-|da y algunas de las canciones de moda entonces en Europa —como una | premonición de la futura integración comunitaria desde la península | escandinava hasta el Peloponeso [↑ —, [↑ hacía furor]] la canción holandesa “Que viva España” | <hacía furor>, inevitables engendros para hacer soportable el tedio | del largo verano del 73. Tablaos domésticos y boites más bien patéticas | daban idea de esa infinita noche que debíamos soportar quienes por im-|perativos y exigencias consulares teníamos que permanecer en el puer-|to. Al filo de las ocho y por si las moscas, decidí buscar alojamiento | pues la espera podía ser menos grata de lo que pensaba. Tras sortear | los abusivos precios de varias pensiones de dudosa calidad —mi pro-|longada permanencia en las grandes ciudades andaluzas había menguado | mi pecunia y, por ende, no podía permitirse lujos excesivos si quería | disfrutar de algunas de las maravillas del Magreb— encontré cobijo, para mi sorpresa, en un sitio que ni siquiera tenía denominación de hostal | y al que llegué gracias a la <generosa> [↑ piadosa] información de un camarero. Se | trataba de un largo garaje, repleto de automóviles y motocicletas, al | final del cual unas estrechas escaleras me condujeron a unos pasillos | mal iluminados y que se me antojaron poco menos que penitenciarios. Me-|nos mal que el sitio parecía tranquilo y aunque carecía de aire acon-|dicionado la ventana daba a la calle y no tenía que compartirlo con | nadie, a diferencia de lo que semanas atrás me había ocurrido en Sevi-|lla, [→ donde pasé una noche en vela gracias a mi compañero | de habitación, un tahúr que en sueños confesaba muy alto todas las virtudes de sus muchas artes.

Transcripción sin símbolos

cuestionar mis proyectos: ignoraba que por razones de ciudadanía necesitaba obtener visa para trasladarme al otro lado, por lo que me vi obligado a pernoctar en la más horrible ciudad del mundo. Ciertamente, Algeciras es un puerto volcado sobre los menesteres de tránsito, mercados más bien precarios y, eso sí, una evidente preocupación policial sobre quienes zarpan o llegan. Pero lo peor de todo es un largo canal de agua pútrida que atraviesa parte de la ciudad y que es suficiente para otorgarle un sello mefítico insoportable. Solucionado el problema de la visa de un día para otro —cada retraso de esta índole es una pródiga fuente de ingresos a costa de los turistas distraídos—, problema que, curiosamente, tuve que compartir con los ciudadanos de la República Federal de Alemania, discriminados en Marruecos como si todavía tuvieran que ver con el Afrika Korps, aproveché las horas muertas antes de la salida del barco, con tal de no aburrirme como un idiota.

Unos cuantos vasos de vino en bares de distinta identidad, donde la música de los gramófonos no dejaba duda sobre su naturaleza fronteriza: canciones árabes semioccidentalizadas alternaban con un repertorio no muy ortodoxo de cante jondo, unos cuantos pasodobles de la vieja guarda y algunas de las canciones de moda entonces en Europa —como una premonición de la futura integración comunitaria desde la península escandinava hasta el Peloponeso—, hacía furor la canción holandesa “Que viva España”, inevitables engendros para hacer soportable el tedio del largo verano del 73. Tablaos domésticos y boites más bien patéticas daban idea de esa infinita noche que debíamos soportar quienes por imperativos y exigencias consulares teníamos que permanecer en el puerto. Al filo de las ocho y por si las moscas, decidí buscar alojamiento pues la espera podía ser menos grata de lo que pensaba. Tras sortear los abusivos precios de varias pensiones de dudosa calidad —mi prolongada permanencia en las grandes ciudades andaluzas había menguado mi pecunia y, por ende, no podía permitirse lujos excesivos si quería disfrutar de algunas de las maravillas del Magreb— encontré cobijo, para mi sorpresa, en un sitio que ni siquiera tenía denominación de hostal y al que llegué gracias a la piadosa información de un camarero. Se trataba de un largo garaje, repleto de automóviles y motocicletas, al final del cual unas estrechas escaleras me condujeron a unos pasillos mal iluminados y que se me antojaron poco menos que penitenciarios. Menos mal que el sitio parecía tranquilo y aunque carecía de aire acondicionado la ventana daba a la calle y no tenía que compartirlo con nadie, a diferencia de lo que semanas atrás me había ocurrido en Sevilla, donde pasé una noche en vela gracias a mi compañero de habitación, un tahúr que en sueños confesaba muy alto todas las virtudes de sus muchas artes.

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