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Transcripción con símbolos
probar suerte, aunque poco podíamos perder, al menos yo, pues mi dinero | cubría sólo unos cuantos días en Marruecos ya que el regreso lo tenía | asegurado desde Málaga hasta Barcelona en virtud <a> [↑ de] un precavido tique-|te kilométrico en tren.
[← (II)]
Abandonamos “El Príncipe de la Paz” y, <†> [↑ tras las diligencias] del puerto, <†> | <†>, el moro <recuperó> [↑ alquiló] un au-|tomóvil cuya capa de polvo dejaba constancia de <las semanas que su> [↑ la escasa demanda] | <dueño se había <†> [↑ <aprovechado>] de él para ir> [↑ de este servicio] [↑ en el país, lo que no impedía que los súbditos de Hassan] [↓ pasaran el estrecho para ir] a recibir malos tratos en la | Costa del Sol. No recuerdo [↑ bien] su nombre, tal vez Mohamed o Alí o <Hassad,> [↑ Mustafá,] | aunque para todos los efectos el moro reivindicó para sí los más nobles atributos de El último de los abencerrajes, por lo que me desen-|tendí de su nombre verdadero —Todos somos Alí, decía Fassbinder— y | a partir de entonces lo llamé Aben-Hamet, y aunque mi amiga no conocía | la obra de Chateaubriand la aproximé al asunto al evocarle algunos | episodios de Los cuentos de la Alhambra, de su paisano Washington | Irving. Una nueva tanda de cervezas nos alivió de la espera mientras | en una gasolinera próxima un operario se encargaba de la limpieza, de | la renovación del aceite, del combustible y todo eso, y tras dar un | breve paseo por la ciudad —el viaje a fondo tendríamos que hacerlo | Brenda Elaine y yo a nuestro regreso de Casablanca, dijo el moro— | enfiló rumbo a Rabat. A medida que avanzábamos nuestro anfitrión nos | ofrecía toda clase de explicaciones sobre las cosas más extrañas que | veíamos, con una cortesía sin igual. El auto tomó la vía de Larache y | aquí Aben-Hamet nos hizo copartícipes de la nostalgia fenicia de la | urbe, del exquisito privilegio de ser el lugar donde floreció el <†> | Jardín de las Hespérides, el Paraíso Terrenal y, sobre todo, el hecho | de que fue allí donde descansó Hércules tras sus doce trabajos. Asimi-|lada la lección de mitología abandonamos la ciudad y la costa y nos | internamos un poco hasta Souk El Arba du Gharb, en uno de cuyos res-|taurantes El último de los abencerrajes nos ofreció una cena esplén-|dida, un kous-kous con pollo, que Brenda Elaine y yo devoramos casi | hasta atragantarnos, aunque el camarero en todo momento se mostró in-|sensible ante las peticiones occidentales de Aben-Hamet, que en vano | rogó nos fuera abierta una botella de vino tinto. Como sucedáneo, el | incorr[↑u]ptible camarero nos ofreció el más maravilloso té de menta que | paladar infiel hubiera probado en su vida.
Generalidades de política internacional alternaron con asuntos perso-|nales en una sobremesa bastante parlanchina y cuando Brenda Elaine y | el moro <conocieron> [↑ estuvieron al tanto de] mis <pretensiones> [↑ escarceos] <literarios> [↑ profesionales] su interés por el in
Transcripción sin símbolos
probar suerte, aunque poco podíamos perder, al menos yo, pues mi dinero cubría sólo unos cuantos días en Marruecos ya que el regreso lo tenía asegurado desde Málaga hasta Barcelona en virtud de un precavido tiquete kilométrico en tren.
(II)
Abandonamos “El Príncipe de la Paz” y, tras las diligencias del puerto, el moro alquiló un automóvil cuya capa de polvo dejaba constancia de la escasa demanda de este servicio en el país, lo que no impedía que los súbditos de Hassan pasaran el estrecho para ir a recibir malos tratos en la Costa del Sol. No recuerdo bien su nombre, tal vez Mohamed o Alí o Mustafá, aunque para todos los efectos el moro reivindicó para sí los más nobles atributos de El último de los abencerrajes, por lo que me desentendí de su nombre verdadero —Todos somos Alí, decía Fassbinder— y a partir de entonces lo llamé Aben-Hamet, y aunque mi amiga no conocía la obra de Chateaubriand la aproximé al asunto al evocarle algunos episodios de Los cuentos de la Alhambra, de su paisano Washington Irving. Una nueva tanda de cervezas nos alivió de la espera mientras en una gasolinera próxima un operario se encargaba de la limpieza, de la renovación del aceite, del combustible y todo eso, y tras dar un breve paseo por la ciudad —el viaje a fondo tendríamos que hacerlo Brenda Elaine y yo a nuestro regreso de Casablanca, dijo el moro— enfiló rumbo a Rabat. A medida que avanzábamos nuestro anfitrión nos ofrecía toda clase de explicaciones sobre las cosas más extrañas que veíamos, con una cortesía sin igual. El auto tomó la vía de Larache y aquí Aben-Hamet nos hizo copartícipes de la nostalgia fenicia de la urbe, del exquisito privilegio de ser el lugar donde floreció el Jardín de las Hespérides, el Paraíso Terrenal y, sobre todo, el hecho de que fue allí donde descansó Hércules tras sus doce trabajos. Asimilada la lección de mitología abandonamos la ciudad y la costa y nos internamos un poco hasta Souk El Arba du Gharb, en uno de cuyos restaurantes El último de los abencerrajes nos ofreció una cena espléndida, un kous-kous con pollo, que Brenda Elaine y yo devoramos casi hasta atragantarnos, aunque el camarero en todo momento se mostró insensible ante las peticiones occidentales de Aben-Hamet, que en vano rogó nos fuera abierta una botella de vino tinto. Como sucedáneo, el incorruptible camarero nos ofreció el más maravilloso té de menta que paladar infiel hubiera probado en su vida.
Generalidades de política internacional alternaron con asuntos personales en una sobremesa bastante parlanchina y cuando Brenda Elaine y el moro estuvieron al tanto de mis escarceos profesionales su interés por el in
