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Transcripción con símbolos
dí a vencer mi timidez, opté por dármelas de cosmopolita, e inicie una | de esas estúpidas conversaciones de ocasión. No era alemana, como sospe-|ché la noche anterior, sino norteamericana, más exactamente california-|na, me aclaró con orgullo, como si tratara de un país soberano y magní-|fico. Estudiaba sociología, dijo llamarse Brenda Elaine Eleazar y, para | mi sorpresa, recalcó con enfática seguridad que pese a su apellido no | era judía. Pensé en la reciente guerra árabe-israelí, en las tensas re-|laciones entonces a flor de piel entre los primos semitas y en la in-|minente llegada a tierra de infieles. Sin embargo, la convicción de su | aclaración no puso en duda su palabra y al cabo de un rato ya éramos | amigos de toda la vida, sobre todo cuando al conocer mi nacionalidad | sonrió de forma espléndida y me dio una conferencia sobre las comunas | de hippies en la península de la Guajira y sobre las virtudes de nues-|tra marihuana. Incluso me confesó que una vez terminada su carrera que-|ría instalarse en los alrededores del Cabo de la Vela donde algunos | amigos suyos la pasaban fenomenalmente. Ante sus confidencias y la | abierta sonrisa de sus veinte años, mi orgullo nacional se vio enalte-|cido y nadie era más feliz que yo.
Y fue este el momento en que se nos acercó un individuo de unos treinta años, de piel olivá<†>/c\ea, correctamente vestido, que me abordó en fran-|cés. Marroquí educado en Francia, donde había obtenido su título de in-|geniero y donde trabajaba, regresaba a su país para una visita fami-|liar pero antes había decidido probar la verdad de las campañas turís-|ticas por lo que se detuvo en Torremolinos, donde pasó diez días de | perro. Ni siquiera en Francia son tan racistas como en España, dijo, y | ante mi pésame nos ofreció a mi señora y a mí un par de cervezas que | nosotros, sin pensar en las súbitas afinidades conyugales que el moro | nos atribuía, aceptamos gustosos. Habló de su vida un largo rato y yo | tuve que vérmelas con mi regular inglés para que mi amiga pudiera <sa> [↑ entender] | <ber> lo que él decía y con mi no menos regular francés para que él | supiera lo que nosotros le decíamos. Otra tanda de cervezas rompió el | hielo y antes de divisar la costa africana ya éramos como de la fami-|lia. El moro observaba alternativamente a Brenda Elaine y a mí con | abierta simpatía y con el puerto a tiro de piedra preguntó nuestro | destino. [↑ Tras escucharnos,] <N>/n\os dijo que Tánger era agradable pero que no valía la pena | quedarse sólo ahí, por lo que<,> [↑ —] ante nuestra sorpresa [↑ —] <,> nos invitó a via-|jar con él hasta Casablanca, donde vivía [↑ su familia]. Y para mayor sorpresa, <†> [↑ tras meditar] | <†> [↑ una breve consulta entre nosotros,] Brenda Elaine y | yo dijimos al unísono Gracias: aceptábamos la invitación sin <medir> [↑ entender] nin-|guna clase de riesgos. En cualquier caso, era la única posibilidad de
Transcripción sin símbolos
dí a vencer mi timidez, opté por dármelas de cosmopolita, e inicie una de esas estúpidas conversaciones de ocasión. No era alemana, como sospeché la noche anterior, sino norteamericana, más exactamente californiana, me aclaró con orgullo, como si tratara de un país soberano y magnífico. Estudiaba sociología, dijo llamarse Brenda Elaine Eleazar y, para mi sorpresa, recalcó con enfática seguridad que pese a su apellido no era judía. Pensé en la reciente guerra árabe-israelí, en las tensas relaciones entonces a flor de piel entre los primos semitas y en la inminente llegada a tierra de infieles. Sin embargo, la convicción de su aclaración no puso en duda su palabra y al cabo de un rato ya éramos amigos de toda la vida, sobre todo cuando al conocer mi nacionalidad sonrió de forma espléndida y me dio una conferencia sobre las comunas de hippies en la península de la Guajira y sobre las virtudes de nuestra marihuana. Incluso me confesó que una vez terminada su carrera quería instalarse en los alrededores del Cabo de la Vela donde algunos amigos suyos la pasaban fenomenalmente. Ante sus confidencias y la abierta sonrisa de sus veinte años, mi orgullo nacional se vio enaltecido y nadie era más feliz que yo.
Y fue este el momento en que se nos acercó un individuo de unos treinta años, de piel olivácea, correctamente vestido, que me abordó en francés. Marroquí educado en Francia, donde había obtenido su título de ingeniero y donde trabajaba, regresaba a su país para una visita familiar pero antes había decidido probar la verdad de las campañas turísticas por lo que se detuvo en Torremolinos, donde pasó diez días de perro. Ni siquiera en Francia son tan racistas como en España, dijo, y ante mi pésame nos ofreció a mi señora y a mí un par de cervezas que nosotros, sin pensar en las súbitas afinidades conyugales que el moro nos atribuía, aceptamos gustosos. Habló de su vida un largo rato y yo tuve que vérmelas con mi regular inglés para que mi amiga pudiera entender lo que él decía y con mi no menos regular francés para que él supiera lo que nosotros le decíamos. Otra tanda de cervezas rompió el hielo y antes de divisar la costa africana ya éramos como de la familia. El moro observaba alternativamente a Brenda Elaine y a mí con abierta simpatía y con el puerto a tiro de piedra preguntó nuestro destino. Tras escucharnos, nos dijo que Tánger era agradable pero que no valía la pena quedarse sólo ahí, por lo que —ante nuestra sorpresa— nos invitó a viajar con él hasta Casablanca, donde vivía su familia. Y para mayor sorpresa, tras meditar una breve consulta entre nosotros, Brenda Elaine y yo dijimos al unísono Gracias: aceptábamos la invitación sin entender ninguna clase de riesgos. En cualquier caso, era la única posibilidad de
