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Cuaderno Otoño Cheyenne y Palabra Mayor

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Transcripción con símbolos

Teresa Torres, autora del Exilio del tiempo, pero nadie | sabe la dirección: Arraíz busca de memo-|ria y donde cree es la casa hay unas ruinas | muy llamativas. Entonces, opta por husmear | donde hay aparcados más de 6 automóviles, | indicio de que <h> ahí hay una fiesta. Por último, | vamos a las oficinas de la editorial Monte Ávila| y desde allí llama a Ana Teresa y le pide la dirección. | Localizamos la casa – todos los escritores, entre | ellos Balza ya han abandonado el lugar – y | tras bebernos 3 ° 4 tragos optamos por irnos | a dormir. 

Miércoles 24 de julio, 1991.

Fiesta Nacional en Venezuela. Día gris y desapacible. | Un diario anuncia con llamativo titular mi visita | a Caracas y al cabo de dos horas me llama un | periodista para que le conceda una entrevista. Durante | una larga hora conversamos en el hall del Caracas | Hilton y creo que los temas abordados son bastan-|te | interesantes: la suerte y futuro del premio Ró-|mulo Gallegos, las declaraciones idiotas de Manuel | Mejía Vallejo contra Mutis y Cortázar, los pormenores | del programa Palabra Mayor y mis consideraciones | sobre la novela ante el fin de siglo. Tras el almuerzo, | los miembros de audiovisuales y yo nos dirigimos | a casa de Salvador Garmendia. Grato y emotivo | rencuentro tras varios años de no vernos. A comienzos | de los 70’s <lo> había conocido yo a Garmendia en Bar-|celona, cuando el Boom amenazaba por romperse. Luego | en el 84, lo volví a ver en Madrid, donde él era agre-|gado cultural. En el 85 viajamos, junto con otros escri-|tores latinoamericanos, por Alemania, durante un | mes. Y la última vez, a finales del 86, me lo encon-|tré en una calle barcelonesa, cuando ya preparaba | mi regreso a Colombia tras 15 años de ininterrum-|pida ausencia. Ahora lo veía de nuevo, siempre en | compañía de la Negra, su esposa, con canas en | la barba y una voz enronquecida, que lo hacen | pensar a uno en sus largos años de locutor

Transcripción sin símbolos

Teresa Torres, autora del Exilio del tiempo, pero nadie sabe la dirección: Arraíz busca de memoria y donde cree es la casa hay unas ruinas muy llamativas. Entonces, opta por husmear donde hay aparcados más de seis automóviles, indicio de que ahí hay una fiesta. Por último, vamos a las oficinas de la editorial Monte Ávila y desde allí llama a Ana Teresa y le pide la dirección. Localizamos la casa – todos los escritores, entre ellos Balza ya han abandonado el lugar – y tras bebernos tres o cuatro tragos optamos por irnos a dormir. 

Miércoles 24 de julio, 1991.

Fiesta Nacional en Venezuela. Día gris y desapacible. Un diario anuncia con llamativo titular mi visita a Caracas y al cabo de dos horas me llama un periodista para que le conceda una entrevista. Durante una larga hora conversamos en el hall del Caracas Hilton y creo que los temas abordados son bastante interesantes: la suerte y futuro del premio Rómulo Gallegos, las declaraciones idiotas de Manuel Mejía Vallejo contra Mutis y Cortázar, los pormenores del programa Palabra Mayor y mis consideraciones sobre la novela ante el fin de siglo. Tras el almuerzo, los miembros de audiovisuales y yo nos dirigimos a casa de Salvador Garmendia. Grato y emotivo rencuentro tras varios años de no vernos. A comienzos de los setenta había conocido yo a Garmendia en Barcelona, cuando elBoom amenazaba por romperse. Luego en el 84, lo volví a ver en Madrid, donde él era agregado cultural. En el 85 viajamos, junto con otros escritores latinoamericanos, por Alemania, durante un mes. Y la última vez, a finales del 86, me lo encontré en una calle barcelonesa, cuando ya preparaba mi regreso a Colombia tras 15 años de ininterrumpida ausencia. Ahora lo veía de nuevo, siempre en compañía de la Negra, su esposa, con canas en la barba y una voz enronquecida, que lo hacen pensar a uno en sus largos años de locutor


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