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Transcripción con símbolos
algo sentimental que me une a esa sonata: mi | historia de amor con C. G, en febrero de 1968. | El menú se impone: entradas a base de trucha | ahumada y ostras. Ana me confiesa que son sus | primeras ostras y luego me dice que sí es cierto que | son afrodisiacos: le digo que las pruebe primero | y que, además, ella no necesita afrodisiacos. A conti-|nuación pedimos ambos una excelente tournedós a | la poivre; Ana elige el vino, un excelente Riesling, y | pronto consumimos dos botellas. Está radiante, hermo-|sa y habla de lo que quiere de la vida. Me habla | de sus padres y de su indiferencia por los temas | de la cultura. Por eso, ella cree que yo no les | caería muy bien: en cualquier caso, a Ana y a mí, | entre otras cosas, nos une la cultura. Me abre | su corazón y me cuenta su historia con el colom-|biano, definitivamente clausurada: ese tipo me | cae cada vez peor, por su mezquindad y cretinismo.| Hablamos de nosotros y parece que no abriga | sobre mi ninguna reserva negativa. Y no tiene por | qué abrigarla. Le hablo de las dos formas del amor | según Fromm: el mercantilista y el humanista. | Sus preguntas son ágiles e inteligentes y la noche | se nos hace tan rápida que incluso nos expulsan | suavemente del Boulderado. Y ya en el automóvil, | cuando nos disponemos a regresar al Faculty Club, | me mira de forma tan entrañable que acerco mi | rostro al suyo y ella, como de acuerdo, me ofrece sus | labios y nos besamos lenta, profunda, pausadamente, | sin palabras. Siento su respiración calándome el | alma, sus labios hermosos y sensuales respondiendo | al lenguaje de los míos, su lengua cálida jugando | con la mía. Beso sus ojos, su frente, y al acercarme | a su oreja se conmueve por entero, excitada, y suave, dul-|cemente, abandonamos el peligroso juego. Volvemos | a la realidad y sobre la nieve de Boulder partimos | por fin para el Faculty Club. Allí, volvemos a besarnos con pasión, silenciosamente, como amantes de
Transcripción sin símbolos
algo sentimental que me une a esa sonata: mi historia de amor con C. G, en febrero de 1968. El menú se impone: entradas a base de trucha ahumada y ostras. Ana me confiesa que son sus | primeras ostras y luego me dice que sí es cierto que son afrodisiacos: le digo que las pruebe primero y que, además, ella no necesita afrodisiacos. A continuación pedimos ambos una excelente tournedós a la poivre; Ana elige el vino, un excelente Riesling, y pronto consumimos dos botellas. Está radiante, hermosa y habla de lo que quiere de la vida. Me habla de sus padres y de su indiferencia por los temas de la cultura. Por eso, ella cree que yo no les caería muy bien: en cualquier caso, a Ana y a mí, entre otras cosas, nos une la cultura. Me abre su corazón y me cuenta su historia con el colombiano, definitivamente clausurada: ese tipo me cae cada vez peor, por su mezquindad y cretinismo. Hablamos de nosotros y parece que no abriga sobre mi ninguna reserva negativa. Y no tiene por qué abrigarla. Le hablo de las dos formas del amor según Fromm: el mercantilista y el humanista. Sus preguntas son ágiles e inteligentes y la noche se nos hace tan rápida que incluso nos expulsan suavemente del Boulderado. Y ya en el automóvil, cuando nos disponemos a regresar al Faculty Club, me mira de forma tan entrañable que acerco mi rostro al suyo y ella, como de acuerdo, me ofrece sus labios y nos besamos lenta, profunda, pausadamente, sin palabras. Siento su respiración calándome el alma, sus labios hermosos y sensuales respondiendo al lenguaje de los míos, su lengua cálida jugando con la mía. Beso sus ojos, su frente, y al acercarme a su oreja se conmueve por entero, excitada, y suave, dulcemente, abandonamos el peligroso juego. Volvemos a la realidad y sobre la nieve de Boulder partimos por fin para el Faculty Club. Allí, volvemos a besarnos con pasión, silenciosamente, como amantes de
