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Cuaderno Otoño Cheyenne y Palabra Mayor

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Transcripción con símbolos

<iniciativa> [↑ aquiescencia]. La próxima vez ella y yo veremos |Casablanca juntos, en blanco y negro. Y am-|bos tarearemos la música del filme: es | una bella promesa que Ana acepta y me | ratifica el jueves, cuando volvemos a vernos. En | efecto, a las 11.30 de la mañana me visita en el | Faculty Club y vamos a pasear y luego a almor-|zar. Rechazo cordialmente una invitación para almor-|zar con los profesores de McKenna en honor a Djedal | Kadir – a quien veré durante la tarde y la noche – y me | voy con Ana, y sé que Djedal1 lo comprenderá muy | bien. Paseamos entre la nieve del campus, toma-|dos de las manos, con confianza pero también como | tanteándonos mutuamente. Los árboles, calvos y mus-|tios, están cubiertos de grumos de nieve, así como | los rojos tejados de las casas, que me hacen pen-|sar en la Toscana del invierno del 75, cuando | vagué, enamorado de MD Genovés, por mi Italia | entrañable. Vamos a un restaurante de Broadway | y, casualmente, nos ofrecen la mesa más íntima, | en un rincón, frente a amplios ventanales que | dan sobre el río, cuyas piedras están cubiertas de | nieve, al igual que sus árboles. Más allá el | jardín blanquísimo y al fondo, desapercibido | para mí al comienzo, el tren remoto de los | pioneros del oeste. Pienso en ese tren muerto | bajo la nieve, en mi historia de Brenner – real | pero literaturizada enMetropolitanas – y en todo | lo que le he contado a Ana al respecto. Y para | que las casualidades sean mayores, el postre | chino me trae un pastel con la siguiente ins-|cripción como sorpresa: “You or a close friend | will be married within a year”: lo extraordina-|rio es que el tema central de la conversación fue | durante dos horas el del matrimonio: Ana y yo | sonreíamos sin cesar pero algo hace que nues-|tras miradas celebren la frase no por el humor | sino por cierto sentido premonitorio. Nos | tomamos las manos y beso varias veces sus 

1) Así en el original, el nombre es Djelal Kadir.

Transcripción sin símbolos

aquiescencia. La próxima vez ella y yo veremos Casablanca  juntos, en blanco y negro. Y ambos tarearemos la música del filme: es una bella promesa que Ana acepta y me ratifica el jueves, cuando volvemos a vernos. En efecto, a las 11:30 de la mañana me visita en el Faculty Club y vamos a pasear y luego a almorzar. Rechazo cordialmente una invitación para almorzar con los profesores de McKenna en honor a Djelal Kadir – a quien veré durante la tarde y la noche – y me voy con Ana, y sé que Djelal lo comprenderá muy bien. Paseamos entre la nieve del campus, tomados de las manos, con confianza pero también como tanteándonos mutuamente. Los árboles, calvos y mustios, están cubiertos de grumos de nieve, así como los rojos tejados de las casas, que me hacen pensar en la Toscana del invierno del 75, cuando vagué, enamorado de MD Genovés, por mi Italia entrañable. Vamos a un restaurante de Broadway y, casualmente, nos ofrecen la mesa más íntima, en un rincón, frente a amplios ventanales que dan sobre el río, cuyas piedras están cubiertas de nieve, al igual que sus árboles. Más allá el jardín blanquísimo y al fondo, desapercibido para mí al comienzo, el tren remoto de los pioneros del oeste. Pienso en ese tren muerto bajo la nieve, en mi historia de Brenner – real pero literaturizada enMetropolitanas – y en todo lo que le he contado a Ana al respecto. Y para que las casualidades sean mayores, el postre chino me trae un pastel con la siguiente inscripción como sorpresa: “You or a close friend will be married within a year”: lo extraordinario es que el tema central de la conversación fue durante dos horas el del matrimonio: Ana y yo sonreíamos sin cesar pero algo hace que nuestras miradas celebren la frase no por el humor sino por cierto sentido premonitorio. Nos tomamos las manos y beso varias veces sus


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