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Transcripción con símbolos
a nadie tan limpio y sincero. Ojalá la | vida no le haga ninguna trastada. Pienso | en el colombiano de las esmeraldas, pero | también en su dolor de piernas y en la | parálisis de su hermana. Dios no puede | ser tan cruel.
XI
Una libélula baila con una monja preñada de | ocho meses, Caperucita se exhibe como una | consumada felatriz a costa de la nariz de Cyrano, | la Magdalena – no la Ilota, sino María- prota-|goniza un streap-tease sensacional ante un pobre | bombero. Arlequines y jaguares, betlemitas y | fakires, corsarios y lazarillos con perro pero sin | ciego, toda esta fauna se <torna> toma a | Boulder a nombre de la Gran Calabaza. La | versión particular del Hallow<y>/ee\n protagonizada, | por los habitantes de Boulder, le devuelve a | este hermoso pueblo, enclavado al pie de las | Montañas Rocosas, toda la singularidad de | ser el último reducto contracultural de la | nación norteamericana. Desde la mañana, cuando | Ralphie, el búffalo de los supporters del | equipo local es soltado para delicia de | la multitud, el ambiente se carga de excen-|tricidades alegres. [←(?) Cortázar] Y apenas cae la noche | la ciudad se desbanda y <los> propios y extraños | le cambian la fisionomía. Cerca de 70.000 | visitantes llegados de otros puntos de Colorado | y del país, dan rienda suelta a sus represio-|nes e instintos: nadie se disfraza de Reagan | pero abundan los mercenarios. ¿Disfraces? | Cosas más bien del inconsciente colectivo, ya que | a través del abominable uniforme los sueños | de la joven masa cobran forma. El Rock | ameniza la refriega y la fiesta se hace ensorde-|cedora y eterna. Pero llega el amanecer, y | sobre el húmedo suelo de finales de otoño, | entre las hojas muertas y las botellas vacías,
Transcripción sin símbolos
a nadie tan limpio y sincero. Ojalá la vida no le haga ninguna trastada. Pienso en el colombiano de las esmeraldas, pero también en su dolor de piernas y en la parálisis de su hermana. Dios no puede ser tan cruel.
XI
Una libélula baila con una monja preñada de ocho meses, Caperucita se exhibe como una felatriz a costa de la nariz de Cyrano, la Magdalena – no la Ilota, sino María- protagoniza unstreap-tease sensacional ante un pobre bombero. Arlequines y jaguares, betlemitas y faquires, corsarios y lazarillos con perro pero sin ciego, toda esta fauna se toma a Boulder a nombre de la Gran Calabaza. La versión particular del Halloween, protagonizada por los habitantes de Boulder, le devuelve a este hermoso pueblo, al pie de las Montañas Rocosas, toda la singularidad de ser el último reducto contracultural de la nación norteamericana. Desde la mañana, cuando Ralphie, el búfalo de los supporters del equipo local es soltado para delicia de la multitud, el ambiente se carga de excentricidades alegres. Y apenas cae la noche la ciudad se desbanda y propios y extraños le cambian la fisionomía. Cerca de 70.000 visitantes llegados de otros puntos de Colorado y del país, dan rienda suelta a sus represiones e instintos: nadie se disfraza de Reagan pero abundan los mercenarios. ¿Disfraces? Cosas más bien del inconsciente colectivo, ya que gracias a través del abominable uniforme los sueños de la joven masa cobran forma. El Rock ameniza la refriega y la fiesta se hace ensordecedora y eterna. Pero llega el amanecer, y sobre el húmedo suelo de finales de otoño, entre las hojas muertas y las botellas vacías,
