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Cuaderno Otoño Cheyenne y Palabra Mayor

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Transcripción con símbolos

sobre la evolución del ensayo en América Latina. | Vuelvo a ver a Mary Kay, una gringuita de | los tiempos españoles. Ya no es como antes, ha | perdido parte de su atractivo, y además no puede | competir con la bella Carmen. Los días de Greens-|boro son gratos. Gentil trato de Ramiro y su | mujer, una madrileña; lo mismo debo decir de | Mark y Beth Adamour, una novelista neoyorkina, | quienes me llevan a Winston Salem y me ponen | al día de los chismes de la sociedad literaria | local. Por la noche, la víspera del regreso a Denver, una | magnífica cena en su casa. Me sorprende no ver | gente por las calles: Greensboro parece un pueblo | desierto: sólo carros de vez en cuando. De ahí | que me refugie en la universidad, con sus | muchachas hermosas y sensuales. Con Maritza | de Almeida, una profesora barranquillera experta | en la obra de Caballero Calderón, visitamos Battle-|ground, el campo donde el general Greene casi | derrota a las tropas inglesas en 1781. Me comenta | anécdotas sobre las visitas que han hecho a Greensbo-|ro Caballero Calderón y Zapata Olivella. Mi confor-|table hospedaje en la Alumni House tiene un | ilustre y reciente precedente: la estadía en la universi-|dad de Alain Robbe-Grillet, hace un año. Ahora | está en Saint-Louis, Missouri, y es posible que | lo entreviste allí, en noviembre próximo. Allí | también vive William Gass, uno de los novelistas | más destacados de la actualidad. Curiosamente, | Ramiro Lagos <compró> [↑vive en] una casa que antes fue | una iglesia unitaria, es decir, una iglesia cuyos fieles | se caracterizan por no creer en nada. Se reúnen | no para rezar sino para discutir sobre las dudas | que cada cual tenga: sospecho que de tanto discu-|tir sobre lo que no creen, alguno terminará por | convertirse y creer en algo [↓ y desatar, por vías| de la credulidad, un cisma]. Al comprar Lago la | iglesia, supongo que él asume todas las dudas | de la feligresía en desbandada, máxime si consi-

Transcripción sin símbolos

sobre la evolución del ensayo en América Latina. Vuelvo a ver a Mary Kay, una gringuita de los tiempos españoles. Ya no es como antes, ha perdido parte de su atractivo, y además no puede competir con la bella Carmen. Los días de Greensboro son gratos. Gentil trato de Ramiro y su mujer, una madrileña; lo mismo debo decir de Mark y Beth Adamour, una novelista neoyorkina, quienes me llevan a Winston Salem y me ponen al día de los chismes de la sociedad literaria local. Por la noche, la víspera del regreso a Denver, una magnífica cena en su casa. Me sorprende no ver gente por las calles: Greensboro parece un pueblo desierto: sólo carros de vez en cuando. De ahí que me refugie en la universidad, con sus muchachas hermosas y sensuales. Con Maritza de Almeida, una profesora barranquillera experta en la obra de Caballero Calderón, visitamos Battleground, el campo donde el general Greene casiderrota a las tropas inglesas en 1781. Me comenta anécdotas sobre las visitas que han hecho a Greensboro Caballero Calderón y Zapata Olivella. Mi confortable hospedaje en la Alumni House tiene un ilustre y reciente precedente: la estadía en la universidad de Alain Robbe-Grillet, hace un año. Ahora está en Saint-Louis, Missouri, y es posible que lo entreviste allí, en noviembre próximo. Allí también vive William Gass, uno de los novelistas más destacados de la actualidad. Curiosamente, Ramiro Lagos vive en una casa que antes fue una iglesia unitaria, es decir, una iglesia cuyos fieles se caracterizan por no creer en nada. Se reúnen no para rezar sino para discutir sobre las dudas que cada cual tenga: sospecho que de tanto discutir sobre lo que no creen, alguno terminará por convertirse y creer en algo y desatar, por vías de la credulidad, un cisma. Al comprar Lago la iglesia, supongo que él asume todas las dudas de la feligresía en desbandada, máxime si consi-