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Transcripción con símbolos
agrarios, se reía [↑ basta,] estentóreamente, por lo que | su opulenta barriga se conmovía sin cesar, | y cuando bostezaba parecía hacerlo a tenor | de una partitura, con sonsonete y todo. Esto | parecía molestar mucho a la gran dama azul | pero su fastidio cesaba cuando el tipo le tomaba | una mano o le regalaba una caricia. [← Y en un momento hizo algo que me remitió | al reciente pasado, en Pamplona, donde una dama atendía | a sus invitados en deshabillé, aunque en lugar del obligado | Chanel 5, que facilita la aproximación <†> apestaba a Vic | Vaporroub: Jane1 Kirkpatrick, asediada por el calor, quiso neutrali-|zar la transudoración, no con perfume ni con loción, sino con Vic Vaporroub.] Recordé | su política en Centroamérica y Cuba y no pude | resistir una vieja antipatía por los fanáticos. | Kirkpatrick <habí> se había presentado años atrás, y | a propósito de Cuba, a una entrevista más bien | canallesca con Carlos Alberto Montaner, un | periodista que, a nombre de los valores de Occidente | saboteó a su antojo el I Congreso Internacional | de Escritores en Lengua Castellana, celebrado en | Canarias en el verano del 79. La intervención | de Montaner casi mata de infarto a Manuel | Scorza, Ariel Dorfman y Eduardo Galeano, quie-|nes le contestaron al provocador. Ahora, a mi | lado, una de las mayores propulsoras de la | política agresiva de Reagan en el Caribe, leyen-|do best sellers como si así fuera a documen-|tarse para derrocar al régimen del Ayatollah | en el Irán, donde por lo visto transcurre la | novela de Clavell. Opto por ausentarme pero | a menudo su cordialidad me hace sentir | <† culpable ¿de qué? Si algo <incómodo> fanático> [↑incómodo e intolerante]. En | cualquier caso, la noche anterior vi en TV una | mesa redonda en la que [↑ella] defendía los intereses | de Georges2Bush frente a los defensores de los | de Dukakis (Mondale, Hart, Jackson y Mc|Govern), y lo hacía con énfasis, como si estuviera | detrás de una trinchera.
III
Boulder, al <†> pie de las Montañas Rocosas, me | deparó la visión apacible de un pueblo del Middle | West, limpio, tranquilo, ordenado. Nunca supuse | que en una localidad semejante, sede además | de una<s> de las universidades más prestigiosas
1) Jane en el manuscrito.
2) Georges en el manuscrito.
Transcripción sin símbolos
agrarios, se reía basta, estentóreamente, por lo que su opulenta barriga se conmovía sin cesar, y cuando bostezaba parecía hacerlo a tenor de una partitura, con sonsonete y todo. Esto parecía molestar mucho a la gran dama azul pero su fastidio cesaba cuando el tipo le tomaba una mano o le regalaba una caricia. Y en un momento hizo algo que me remitió al reciente pasado, en Pamplona, donde una dama atendía a sus invitados en deshabillé, aunque en lugar del obligado Chanel 5, que facilita la aproximación apestaba a Vic Vapor rub: Jeane Kirkpatrick, asediada por el calor, quiso neutralizar la transudoración, no con perfume ni con loción, sino con Vic Vapor rub. Recordé su política en Centroamérica y Cuba y no pude resistir una vieja antipatía por los fanáticos. Kirkpatrick se había presentado años atrás, y a propósito de Cuba, a una entrevista más bien canallesca con Carlos Alberto Montaner, un periodista que, a nombre de los valores de Occidente saboteó a su antojo el I Congreso Internacional de Escritores en Lengua Castellana, celebrado en Canarias en el verano del 79. La intervención de Montaner casi mata de infarto a Manuel Scorza, Ariel Dorfman y Eduardo Galeano, quienes le contestaron al provocador. Ahora, a mi lado, una de las mayores propulsoras de la política agresiva de Reagan en el Caribe, leyendo best sellers como si así fuera a documentarse para demostrar al régimen del Ayatollah en el Irán, donde por lo visto transcurre la novela de Clavell. Opto por ausentarme pero a menudo su cordialidad me hace sentir incómodo e intolerante. En cualquier caso, la noche anterior vi en TV una mesa redonda en la que ella defendía los intereses de George Bush frente a los defensores de los de Dukakis (Mondale, Hart, Jackson y McGovern), y lo hacía con énfasis, como si estuviera detrás de una trinchera.
III
Boulder, al pie de las Montañas Rocosas, me deparó la visión apacible de un pueblo del Middle West, limpio, tranquilo, ordenado. Nunca supuse que en una localidad semejante, sede además de una<s> de las universidades más prestigiosas
