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Transcripción con símbolos
de mi primera colaboración que yo veía publicada: mi ensa-|yo Lautréamont, un prolegómeno de la rebelión. Arturo me | miró de forma enfática, inquisitiva, cuando Suescún le | comentó en términos elogiosos mi artículo. Dijo dos o | tres opiniones sobre los Cantos de Maldoror y luego se desen-|tendió de mí y acosó a Suescún con toda clase de | preguntas sobre por qué no había en la librería ni | un solo ejemplar de Orlando furioso, ni en italiano, | ni en francés, ni mucho menos en castellano. Ese era | el libro que tan afanosamente buscaba durante toda | la tarde. Sus opiniones sobre Ariosto no cesaron ni si-|quiera cuando Suescún nos invitó a merendar con | él, en una pequeña fuente de soda que quedaba al | lado izquierdo de la Buchholz, en el pasadizo que quedaba | pocos metros detrás de donde se encontraba el molino | de la KML. En algún momento, cuando, tal vez preocu-|pado por mi silencio, me preguntó Arturo qué otra cosa | hacía yo, lejos de confesarle que escribía poemas y que por | esos días los iba a leer a través de las ondas de la HJCK, | contesté a la manera gallega. ¿Conoce usted la edición de | Orlando Furioso, en dos volúmenes, publicada por la | Editorial Iberia, de Barcelona? Me contestó de la misma | forma, descalificando con vehemencia las traducciones de | esa editorial. Años después, recordaría <su>/la\ grave expresión | del poeta cuando tuve entre mis manos, ya no una traducción, sino una recreación, del libro de Ariosto, hecha | por Italo Calvino y publicada por Muchnick, en Barcelona. | A Arturo no lo volví a ver jamás y no recuerdo sobre qué | se habló durante el resto de la merienda. Lo que sí está | claro es que su poesía comenzó a ganarme para su | causa en dirección inversamente proporcional a mi | cultivo del género, al que poco después renuncié. En | 1973, y ya radicado en Barcelona, recibí como un regalo | —¿quién me lo envió? ¿Tal vez Cobo Borda?— un | ejemplar de Golpe de dados, en el que aparecían tres | poemas de Arturo: “Palabras”, “Lluvia” y “Tambores”. | Lo que no tengo claro es, en qué momento, mi amor por | la Angélica de Orlando furioso quedó asociado a la
Transcripción sin símbolos
de mi primera colaboración que yo veía publicada: mi ensayo Lautréamont, un prolegómeno de la rebelión. Arturo me miró de forma enfática, inquisitiva, cuando Suescún le comentó en términos elogiosos mi artículo. Dijo dos o tres opiniones sobre los Cantos de Maldoror y luego se desentendió de mí y acosó a Suescún con toda clase de preguntas sobre por qué no había en la librería ni un solo ejemplar de Orlando furioso, ni en italiano, ni en francés, ni mucho menos en castellano. Ese era el libro que tan afanosamente buscaba durante toda la tarde. Sus opiniones sobre Ariosto no cesaron ni si quiera cuando Suescún nos invitó a merendar con él, en una pequeña fuente de soda que quedaba al lado izquierdo de la Buchholz, en el pasadizo que quedaba pocos metros detrás de donde se encontraba el molino de la KML. En algún momento, cuando, tal vez preocupado por mi silencio, me preguntó Arturo qué otra cosa hacía yo, lejos de confesarle que escribía poemas y que por esos días los iba a leer a través de las ondas de la HJCK, contesté a la manera gallega. ¿Conoce usted la edición de Orlando Furioso, en dos volúmenes, publicada por la Editorial Iberia, de Barcelona? Me contestó de la misma forma, descalificando con vehemencia las traducciones de esa editorial. Años después, recordaría la grave expresión del poeta cuando tuve entre mis manos, ya no una traducción, sino una recreación, del libro de Ariosto, hecha por Italo Calvino y publicada por Muchnick, en Barcelona. A Arturo no lo volví a ver jamás y no recuerdo sobre qué se habló durante el resto de la merienda. Lo que sí está claro es que su poesía comenzó a ganarme para su causa en dirección inversamente proporcional a mi cultivo del género, al que poco después renuncié. En 1973, y ya radicado en Barcelona, recibí como un regalo —¿quién me lo envió? ¿Tal vez Cobo Borda?— un ejemplar de Golpe de dados, en el que aparecían tres poemas de Arturo: “Palabras”, “Lluvia” y “Tambores”. Lo que no tengo claro es, en qué momento, mi amor por la Angélica de Orlando furioso quedó asociado a la
