Skip to main content

Cuaderno Augusta sílaba y Homo viator

Página 1

Transcripción con símbolos

Guadalajara, México. Viernes 25 de noviembre, 1994.

Ya en la madrugada del sábado 26 María Kodama | admite que ella es Ulrica, la protagonista del cuento | homónimo que aparece en El libro de arena. De | ser así, digo, Borges es su enamorado, ese colombiano | al que hay que asumir “como un acto de fe”. Y la | verdad, entonces, es que Borges es un acto de fe en [↑ el] que | hay que creer <en él> “porque Dios lo ha revelado”. ¿Lo | intuía Borges cuando escribió “La escritura del Dios”, | uno de los más consultados textos de El Aleph?A | través de la piel de los tigres Dios ha revelado un | mensaje [↑ —la extensión de la fe—] que el sacerdote azteca —como el escritor | ciego— llega a conocer, aunque morirá con él. Fue | una larga noche de confidencias, que se había exten-|dido desde la <fría> <a>/c\ena en la [↑ fría] azotea del Hotel | de Mendoza hasta el vestíbulo, donde los contertulios | [↑ que provenían del frío de la azotea] conformaban diversas procedencias: mexicanos, perua-|nos, [↑ italianos,] cubanos, franceses, norteamericanos y el sus-|crito, único colombiano del encuentro. Todo esto | ocurría en el marco de la Feria de Guadalajara y, | más precisamente, durante la concesión del Premio | de Literatura “Juan Rulfo” al narrador Julio Ramón | Ribeyro. Se hablaba de los últimos días de Borges | en Ginebra, de la actitud de sus familiares argen-|tinos, de sus amigos <Héctor Bianciotti y Cobo> | <Borda, entre otros> y, sobre todo, de una creciente plaga de imitadores que, a medio <a*>/c\amino de[l] <la †> | pastiche y el delito, se han dado al curioso oficio | de pergeñar textos póstumos. María Kodama se | enfurece, pues por lo visto y oído el asunto no es | nuevo e incluso hay periodistas que ya llevan | varios años de profesión borgesiana. Zánganos, en | fin, que se nutren de la generosidad de Borges para | conformar una curiosa antología personal. “Hay que | frenar todo eso”, dice Kodama, visiblemente irri-|tada, pero la invocación de algunos amigos, como | el escritor Héctor Bianciotti impiden que la tertu-|lia haga aguas. Algo similar —aunque en tono 


1 Señal de salto de párrafo.

Transcripción sin símbolos

Guadalajara, México. Viernes 25 de noviembre, 1994.

Ya en la madrugada del sábado 26 María Kodama admite que ella es Ulrica, la protagonista del cuento homónimo que aparece en El libro de arena. De ser así, digo, Borges es su enamorado, ese colombiano al que hay que asumir “como un acto de fe”. Y la verdad, entonces, es que Borges es un acto de fe en el que hay que creer “porque Dios lo ha revelado”. ¿Lo intuía Borges cuando escribió “La escritura del Dios”, uno de los más consultados textos de El Aleph? A través de la piel de los tigres Dios ha revelado un mensaje —la extensión de la fe— que el sacerdote azteca —como el escritor ciego— llega a conocer, aunque morirá con él. Fue una larga noche de confidencias, que se había extendido desde la cena en la fría azotea del Hotel de Mendoza hasta el vestíbulo, donde los contertulios que provenían del frío de la azotea conformaban diversas procedencias: mexicanos, peruanos, italianos, cubanos, franceses, norteamericanos y el suscrito, único colombiano del encuentro. Todo esto ocurría en el marco de la Feria de Guadalajara y, más precisamente, durante la concesión del Premio de Literatura “Juan Rulfo” al narrador Julio Ramón Ribeyro. Se hablaba de los últimos días de Borges en Ginebra, de la actitud de sus familiares argentinos, de sus amigos y, sobre todo, de una creciente plaga de imitadores que, a medio camino del pastiche y el delito, se han dado al curioso oficio de pergeñar textos póstumos. María Kodama se enfurece, pues por lo visto y oído el asunto no es nuevo e incluso hay periodistas que ya llevan varios años de profesión borgesiana. Zánganos, en fin, que se nutren de la generosidad de Borges para conformar una curiosa antología personal. “Hay que frenar todo eso”, dice Kodama, visiblemente irritada, pero la invocación de algunos amigos, como el escritor Héctor Bianciotti impiden que la tertulia haga aguas. Algo similar —aunque en tono 

P01