Juan Villoro (2006)
Transcripción con símbolos
Los libros fueron el fetiche de R.H.*
Conversador torrencial, Rafael Humberto Moreno-Durán sólo fue ahorrativo en las iniciales que resumían su nombre como una clave sanguínea: R.H. Su pasión por el chiste y el veloz alfilerazo alternaba con hondas reflexiones sobre sus lecturas. Le gustaba verse como el poeta doctus que lo ha leído todo, pero también como el aventurero que bebe la copa de la experiencia.
Fiel a su signo zodiacal, escorpión, fue un explorador de causas últimas. De acuerdo con el designio astrológico, los grandes indagadores nacidos en noviembre se inclinan a los oficios extremos de la filosofía, la religión, la medicina o las rústicas paletadas del sepulturero. Rafael sabía tomar con gravedad el peso de la vida, detestaba a los oportunistas de las rutas fáciles y la frivolidad del éxito; sin embargo, era un escorpión atemperado por el sentido del humor.
(…) El sonriente Moreno-Durán dotó a sus obras de una densa textura lingüística, una sensualidad del fraseo que comunicaba con una realidad quebrada y muchas veces sórdida. Como novelista, exploró los desastres de la guerra en Mambrú, las entretelas de la política en Los felinos del canciller, las maquinaciones de la Inquisición en Cuestión de hábitos, la corrosiva pasión del cuerpo en la trilogía Femina Suite. R.H.
(…) El humor adquiría en sus páginas una función piadosa; los comentarios enriquecían la acción con un temple cervantino ante la catástrofe, y el vocabulario crecía como una enramada capaz de confirmar que el espanto no impide la fertilidad.
(…) Nadie puede olvidar el certero aguijón del Rafael conversador, provisto de punta pero no de veneno. En largas sesiones, lo oí recortar a alguien con el entregado esmero del escultor que inmortaliza a su modelo. Además, aceptaba de buen grado que el humor se revirtiera en su contra.
(…) R.H. no era un conversador de comentarios casuales, desprovistos de intensidad. En clave seria o humorística se ocupaba a fondo de su asunto. El conversador literario hablaba como si corrigiera un borrador.
Odiaba leer como quien está de paso; necesitaba papeles para hacer comentarios. En sus manos, una edición de bolsillo recibía un trato de inamovible Libro de Horas. Ajeno a la noción de libro portátil, sólo llevaba a sus viajes revistas y suplementos que pudiera leer con la superficialidad del nómada.
(…) Los libros fueron el principal fetiche de Moreno-Durán.
(...) Su segundo fetiche fueran los relojes. En su casa, seis o siete daban la hora. Esta polifonía lo sacaba del sueño y ordenaba la disciplinada rutina en la que fungía de Superior de sí mismo y acataba “vísperas” y “maitines”. Luego venía la noche y la feliz dispersión. “Después de las siete todos somos judíos argentinos”, anunciaba.
En nuestras reuniones de judíos argentinos Rafael solía contar cosas de Barcelona, donde pasó 14 años y se formó como escritor. Aunque nunca se consideró exiliado, padeció las desventajas de la lejanía. Publicó libros, dirigió revistas, ejerció la crítica en los mejores foros, pero también experimentó el desasosiego de quien está en un sitio que no acaba de ser suyo y teme perder la posibilidad del regreso.
(…) Su última lección llegó con la enfermedad. Soportó el dolor y la proximidad de la muerte con entereza. “Lo menos que puedo hacer por mis amigos es tener ánimos”, decía.
Una tarde, en compañía de Hugo Chaparro Valderrama, recorrimos el barrio de La Candelaria y fuimos asediados por mendigos. En ningún sitio los pedigüeños tienen mayor elocuencia que en Bogotá, donde la pordiosería es un género discursivo que exige recitar poemas, adivinar el futuro o lanzar borrascosas amenazas. Una mendiga de temple feroz encaró a Rafael y le dijo: “Déme algo o le va a dar cáncer”. Hugo y yo cruzamos una mirada de escalofrío. Rafael siguió de frente, con la seguridad con que siempre aceptó su destino.
En cartas y dedicatorias, Rafael solía referirse a Bogotá como “el lugar sin límites”, descripción que sin duda merece mi ciudad, México, D.F. Su vida y su obra fueron una manera de demostrar que en medio del caos y el deterioro hay algo que no es infierno y merece el tacto de una mano, la invención de la literatura y el heroísmo de la risa.
Texto tomado de http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-2006138.
