Camp de l'Arpa
Transcripción con símbolos
en cuenta que nada hay más opuesto que la malicia innata de las muchachitas de uno frente a la candidez, inocencia y pasividad de las chicas del otro. La reciprocidad falla ya que es en la actitud de Carroll hacia sus niñas donde la similitud con la satiriasis de los viejos de Nabokov merece cierto crédito, pues lo cierto es que, contrastando con la fogosidad de las nínfulas del ruso, a las niñas victorianas les importa un bledo la sospechosa deferencia del reverendo. De esas criaturas a las que Carroll honró con su pederastia y ninfolepsia, Nabokov dice que, al contrario de las suyas, se trata de "pequeñas nínfulas tristes y flacuchas, arrastradas por el suelo y medio desvestidas, o más bien semidespojadas de colgaduras, como si participaran en un juego de adivinanzas polvoriento y terrible" (cf. Opiniones contundentes). Nabokov —autor, por cierto, de una celebradísima traducción de Alice's Adventures in Wonderland al ruso— se refiere sin duda a la manía de Carroll consistente en fotografiar young ladies al natural, disfrazadas de romanas, chinas o pordioseras (beggar child), aunque no dice nada respecto de las fotografías de Alicia Lidell "como joven esposa" y, menos aún, sobre la larga serie de retratos que, en pose íntegramente desnuda, tomó a niñas de diez a doce años. A través del disfraz se puede captar una variante del travestismo, primero, y luego, en la fase de fotos de niñas impúberes sans habillement, no es infundado arriesgar la presunción de un cierto afán de posesión, como dice Brassai, a través "del objetivo fotográfico". En lo que respecta a la edad: Nabokov y Carroll están perfectamente de acuerdo y ello se pone de presente en el poema con que se abre el texto A través de un espejo y en el cual el reverendo Dodgson-Carroll afirma la solidez de sus relaciones con Alicia "aunque el tiempo es veloz y una del otro / estemos separados la mitad de una vida": entre Carroll y su nínfula hay una diferencia de veinte años de edad y él no puede ocultar su contrariedad al advertir el rápido crecimiento que, por razones de la pubertad, se apodera de su criatura, preocupación que también llena de amargura a Humbert Humbert que, cuando Lolita cumple sus catorce años, se refiere a ella como a "una querida que envejece". De otra parte, Nabokov nunca ocultó su admiración por esa inquieta fillette que, en Zazie dans le Metro, trastueca el extraño orden de la familia de su tío Gabriel, danseuse de charme a quien Julio Lalochère confía su hija. Zazie, en la novela de Raymond Queneau, hace gala de una sorprendente capacidad desintegradora basada en una lógica particular —el niño ante los adultos, al contrario de lo que ocurre con Gombrowicz—, al extremo de que cuando todos piensan que la niña se ha divertido en su breve séjour parisino ella confiesa sin ningún reparo "haber envejecido" en un medio tan cafre como el de las personas mayores. Y, al igual que el de Zazie, muchos son los casos en los que la literatura contemporánea ofrecen testimonios próximos a los de Nabokov a través de puntos de vista que abarcan por igual a niñas precoces que incluso bordean el lumpen como la sensual y vulgar Tula, de Katz und Maus, de Günther Grass, o la joven protagonista de Baby Doll, de Tennessee Williams, capaz, con uno solo de sus gestos, de alborotarle el hermonamen al más recatado de los capuchinos. Fiel a sus inclinaciones, Nabokov celebra la obra plástica de Balthus, que "pinta criaturas parecidas a Lolita", al tiempo que se desata en duros ataques contra la incapacidad de Gogol para recrear el tipo de mujeres al que él, en cambio, es tan afecto. No deja de ser curiosa la sospecha que ventila el novelista John Updike a propósito de algunas de las nínfulas del ruso cuando insinúa que "la zorra y lasciva Ada" es nada menos que la mujer de Nabokov, esa Vera Slonim a la que le dedica todos sus libros y que, sintomáticamente, fue quien evitó que en 1950 su marido, en un rapto depresivo, quemara el borrador de Lolita, la nínfula por excelencia. Y respecto a ciertos precedentes de esta figura —la inquietante Mignon de Goethe es más bien un arquetipo—, mención especial merece esa casi morbosa veneración post mortem que Edgar Allan Poe instaura en honor de su prima Virginia Clem, con quien se casó en secreto cuando la muchacha sólo contaba trece años de edad, y que, literariamente hablando, es entronizada en dos obras bastante conocidas: Annabel Lee, poema en el que se consagra la ninfofilia y que no en vano es evocado varias veces por Nabokov a fin de equiparar la Musa de Poe con su Lolita, y Leonora, cuento en el que el amor del protagonista por la niña-mujer, apoyado en el incesto, es olvidado sólo en virtud de la pasión que despierta en él la bella Ermengarda. El tema del incesto es una de las grandes obsesiones que privan en la producción nabokoniana al extremo de que, como sugiere Steiner, implica a la larga una metáfora mediante la cual dramatiza su devoción hacia la lengua rusa. En este sentido se aprecia primero una tímida transgresión civil de los limites familiares cuando Humbert Humbert se casa con la madre de Lolita para facilitar así su acceso a la muchacha —recurso nada censurable si se tiene en cuenta que otros proceden a casarse con la hija para poder acostarse con la madre— y a continuación se advierte, y en forma por demás apoteósica y desmesurada, la violación de todos los vínculos sanguíneos de la familia Veen, violación que se inicia con la simultánea seducción de las hermanas Aqua (que murió en la posición foetus in utero) y Marina por su primo, para finalmente abrir paso a ese coito de ribetes bíblicos que hace evocar la más oscura y lúbrica noche de la especie. Van y Ada se aman entre sí con un reconfortante impudor que remite a Ada, o el ardor a una de las obras mayores de nuestro siglo con la que el libro de Nabokov guarda muchas afinidades: El hombre sin atributos, de Robert Musil. En efecto, aparte de que Kakanien prefigura la particular cosmografía por la que deambulan los personajes de Nabokov —esa Terra, esa Antiterra, ese arcádico Ardis donde todo está
