Luz Mary Giraldo (2005)


Transcripción

R.H. Moreno-Durán: para reír en serio

El escritor boyacense falleció el lunes, víctima de cáncer. Esta es una semblanza escrita por Luz Mary Giraldo, una estudiosa de su obra y, además, una gran amiga.

Si algo caracterizó a R.H. Moreno-Durán fue la capacidad de hacer reír, bien por sus comentarios librescos, por hacer de muchas cosas un objeto de burla, por el doble sentido, por el chiste cruel, por el juego verbal, por lo paródico y crítico de su literatura. No había reunión, por solemne que fuera, en la que no moviera los resortes de la hilaridad. No ha escrito suyo, por serio que sea en el que no motivara la risa, aunque rigurosos análisis muestren que se trata de reír para no llorar, para no angustiar, para relajarse del horror o del dolor, para hacerle el quite a la fatalidad, para no olvidar. Desde la risa creó su “triple principio de la M” que denomino incisivamente Meninas, Mandarinas y Matriarcas, para muchos y muchas de festiva referencia, o de ingrata recordación. Desde la risa se burló de la historia, de la cultura nacional, de la farsa de nuestra sociedad letrada, de la diplomacia que definió como un cargo para “mentir en el extranjero”, de la política y sus representantes, de gobernantes e instituciones, de las imposturas, de la ostentación. R.H. podría ser una fiesta. Aún ante la cercanía de la muerte estuvo dispuesto a la broma, como narcotizando al “monstruo” —así se refería a su mal—que lo minaba. La risa fue su remedio invariable.

                  Detrás de la risa estuvo el intelectual cuya palabra vertiginosa estaba ligada a la memoria de sus innumerables lecturas, de sus viajes y amigos, de una vida intensamente vivida, de la que a la hora de hacer un balance reconocía la satisfacción de haber amado, viajado, leído, escrito, gozado y disfrutado, de haber logrado una familia que le permitía leer y escribir. Sabía que esa tenacidad que sostuvo hasta el último momento había dado fruto y gozaba del reconocimiento a su trabajo y obra. En 1986 antes de regresar proveniente de Barcelona, la Universidad Javeriana le rindió homenaje en un congreso internacional y en abril del 2005 la Nacional hizo lo mismo en las Primeras Jornadas de Literatura y Escritura Iberoamericana.

                  Además de la risa, se ha tenido en cuenta la afirmación de que el siglo XX es el de las revoluciones todas fracasadas, con excepción de la de las mujeres, que consideró irreversible y fascinante. Convencido de que es en la clase media donde se perciben los conflictas, más que en la clase alta o en la obrera, apeló a una clase media ilustrada que convirtió en motivo fundamental de sus ficciones. Desde su trilogía Femina suite estas mujeres y la clase media fueron identificadas por jerarquías ligadas a los poderes intelectuales, culturales, políticos, sociales, además del de la seducción y la sexualidad. Ese “triple principio de la M” constituye el poder de la subversión en un país convencional y patriarcal. R.H. también entendió que el motivo estudiantil del lustro que va de 1965 a 1970 era definitivo para comprender la noción de cambio y de alguna manera vaticinó en su primera novela el desencanto y el escepticismo de las utopías. La revolución de la mujer y la revolución social fueron caldo de su literatura, las que percibió gracias a sus épocas de estudiante de Derecho en la Universidad Nacional, cuando ésta era termómetro del acontecer ideológico o cultural nacional o internacional. Era la época de Camilo Torres, de Marta Traba, del boom narrativo latinoamericano, de Mayo del 68, de la guerra de Vietnam, del hipismo, de la píldora…, que suscitaron toda clase de debates y expectativas, y que el autor registraba acompañado de la lectura y descubrimiento de autores y de textos, siguiendo sugerencias de profesores o estudiantes o descubriéndolos en las diferentes bibliotecas de su Alma Máter.

                  Si lo anterior está presenta en la crítica y parodia de sus novelas, se fundamenta en su diversidad de ensayos que analizan y reflexionan sobre literatura colombiana y latinoamericana, europea finisecular o del expresionismo alemán, en su análisis del personaje Molly Bloom del Ulisis de Joyce, en las recreaciones de figuras femeninas de la literatura del sigo XX, o en la pieza teatral Cuestión de hábitos. Esto corresponde al autor comprometido con la palabra que produce seres de lenguaje y entes de ficción, desde la convicción de que escritura y lectura son un modo de vida.

                  Testigo de su tiempo, mediante el culto a la palabra R.H. se propuso desacralizar los dogmas, sin importar la orientación o corriente como un “escéptico creativo” convencido de que el lenguaje debe aprovechar ironía y humor para dar testimonio de todo, sin acudir a modas o recetas de éxito comercial. Entre sus modelos podrían estar Borges o Joyce, que consideraba “animales de lenguaje”, además de la figura del intelectual formado en el buen gusto, posible en el lector disciplinado, dispuesto a releer y asumir el sentido lúdico y serio de la vida que entregan los libros. Aquel que cultivando la palabra adquiere pensamiento y conocimiento para hacer de la vida una fiesta. Eso era, también, R.H.  

LuzMaryGiraldo27Nov2005ElTiempo