Santiago Gamboa (2005)


Transcripción

R.H., in memoriam

La muerte de un colega es algo que quita el aire. Sea cual sea su edad, a uno le parece que los escritores no deberían morir a menos que lleven un buen tiempo inactivos, hundidos en el alcohol o en las más furibundas depresiones, alterados por el desacuerdo con la realidad o en franca pelea con el destino, como le pasó a Onetti en sus últimos días, sin querer levantarse de la cama y dedicado a beber vino tinto entre las sábanas. En fin, ese tipo de cosas. Por eso el golpe es más fuerte cuando se trata de alguien como Rafael Humberto Moreno Durán, tan activo y voraz con todo lo que fuera letra impresa, tanto para leerla como para producirla.

R.H. fue uno de esos lectores valientes que siempre tuvo un libro debajo del brazo, y por eso sus opiniones literarias estaban sostenidas por años de vertiginosas lecturas, por una entrega absoluta al mundo del intelecto, por una pasión devoradora, herido por la letra, el verso, la prosa, pero también por la historia, las geografías lejanas y la política. En ese arrojo de lector, siempre tomando notas, llenando cuadernos con apuntes (¿no valdría la pena publicarlos?), está uno de sus mejores ejemplos: el de la lectura y el coraje de la lectura, el heroísmo de quienes se quedan dormidos sobre libros y, como el personaje de Elías Canetti en Auto de fe, despiertan y se echan encima un balde de agua fría para recuperar la lucidez. Esto se ve sobre todo en sus ensayos y en el que considero su mejor libro crítico, Taberna in fábula, donde analiza la literatura centroeuropea con un tal dominio y abundancia de referencias que, cuando lo acabé de leer, me sentí desbordado, deseoso de correr a leer todo aquello, y sospechando que, más en Tunja, R.H. había nacido a orillas del Danubio.

El mundo de la cultura en Colombia lo echará de menos.

Lo conocí al principio de los 90 en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial, España, donde se había trasladado para hacer una entrevista televisada a Juan Goytisolo, cuya estima por R.H. lo llevaron, años más tarde, a prologar su novela Mambrú. Ocurrente, sarcástico y burlón, hiperculto, divertido, buen bebedor y excelente contertulio, mi recuerdo de él está salpicado de anécdotas y frases. Una vez, en Madrid, recién bajado de un avión procedente de Bogotá, me dijo, “qué bueno que llegaste, llevo 12 horas sin hablar”, inaugurando una tarde que acabó 12 horas después, una por cada hora de vuelo (y dos botellas de Chivas Regal después), en la casa de Juan Carlos Iragorri, en donde como siempre dijo cosas divertidas y lúcidas. Recuerdo que en esa charla usó la palabra “dipsomanía” y alguien preguntó, ¿y qué es eso? R.H., con su velocidad habitual, respondió sin dejar pasar medio segundo: “Es la beodez consuetudinaria”.

A su gordura le decía “la plusvalía de mi talento”, y nunca olvidaré el asombro de todos al oírle decir que existía una grabación de Brigitte Bardot cantando El Cuchipe, y que él la había escuchado. Siempre le dije que debía hacer un libro de aforismos, pues uno de los más geniales que he escuchado es suyo: “El fin justifica los medios es una frase sin principios”. Al recordar estas anécdotas sueltas pienso en la voracidad de R.H. con el lenguaje y la labia y el buen humor. El lenguaje era su obsesión para atrapar el mundo, y esto se ve en sus novelas, tan repletas de densidad narrativa, tan llenas de humor inteligente (recuerdo al azar ese inicio que dice: “Sudor de novia es el nombre que le dan los árabes al talco”). A pesar de no haberlo frecuentado mucho lo echaré de menos, y el mundo de la cultura en Colombia lo echará de menos, a él, al hombre, pues sus libros lo sobrevivirán. Pero mi abrazo de hoy es sobre todo para quienes vivieron muy cerca de él y lo extrañarán más, como Mónica, su hijo Alejandro o el maestro Germán Espinosa, su gran amigo. Un abrazo muy, muy fuerte para ellos.

(Tomado de www.cambio.com.co)  

 

*Este artículo también fue publicado el 28 de Noviembre en la revista Cambio. Ver páginas posteriores para consultar la publicación.

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