Fernando Quiroz

El hombre que leyó


Transcripción

El hombre que leyó

La semana pasada, tras un año de lucha contra el cáncer, falleció R.H. Moreno-Durán. El escritor Fernando Quiroz recuerda en estas líneas al intelectual, al autor, al lector, al hincha y al eterno enamorado de las mujeres.

            Siempre llegaba primero. La puntualidad era una de sus obsesiones, que no eran pocas. Siempre estaba allí, en la misma mesa, de espaldas a la puerta y de frente a la ventana, esperando la hora en punto del encuentro, con un libro en las manos. Y una taza de café por la mitad, que podía ser la segunda o la tercera. Si la cita era después del mediodía, R.H. Moreno-Durán comentaba que una cerveza o una copa de vino podían venir muy bien. Y siempre venían bien con él.

Tantos años en Barcelona lo habían convertido en un conversador de cafés, y durante mucho tiempo nos encontramos en el mismo local del Centro Internacional por lo menos una vez al mes. Había tres temas inevitables en nuestras conversaciones: los libros, las mujeres y el Santa Fe, y saltábamos de un a otro sin pedir permiso. Los buenos conversadores no llevan partitura, y R.H. era de los que seducían con la palabra. Tantos buenos recuerdos y tantos libros leídos le habían generado un repertorio inagotable.

Tenía teorías para casi todo. Pero tal vez cuando su inteligencia ofrecía mejores resultados era cuando ahondaba en el tema femenino. No en vano buena parte e su obra gira alrededor de ellas: desde Femina Suite, la trilogía que lo consagró y en la que clasifica a las mujeres en meninas, mandarinas y matriarcas, hasta Cuestión de hábitos, una novela teatral sobre Sor Juana Inés de la Cruz que le mereció el premio Ciudad de San Sebastián el año pasado.

¡Ojo!: una monja. Porque R.H. iba mucho más allá de lo erótico. De Sor Juana lo sedujo la inteligencia, el arrojo. Lo sedujo esa mística que la llevó con más frecuencia al escritorio que a los templos. Lo sedujo el hecho de que hubiera sido capaz de vestir los hábitos como única salida para entregarse a la literatura.

Lo seducía la inteligencia, y con ella seducía. Con la inteligencia, el humor y las palabras, R.H. logró llegar al corazón de muchas mujeres, aunque el único que en realidad le interesó en los últimos años fue el de Mónica Sarmiento, una periodista que algún día llegó para entrevistarlo, y terminó convertida en su esposa y en la madre de su único hijo, Alejandro.

Consejero de asuntos sentimentales, tenía algunas frases con las que explicaba los fenómenos del corazón. Recuerdo ahora dos de manera especial: “El amor platónico no existe: hay que ser húmedamente práctico” y “una mujer es el tránsito hacia otra mujer”. Pero la teoría femenina que más me gustaba oírle era esa según la cual las mujeres bajitas son más ardientes, porque la sangre se toma menos tiempo para llegar del corazón al sexo. Seguramente la había inventado él, pero la explicaba de manera que uno terminaba convencido. Sobre todo cuando, como en su caso o el mío, la baja estatura nos impedía conquistar con facilidad a las mujeres altas.  

De espaldas a la puerta, de frente a la ventana, veíamos pasar mujeres que de vez en cuando ameritaban una pausa en la conversación. El tema de Santa Fe se agotaba pronto, porque los resultados de nuestro equipo de fútbol no daban para mucho. Quedaba entonces la literatura, y llegaba el momento de quedarse callado, porque rara vez se tenía la oportunidad de estar frente a un devorador de libros del tamaño de R.H. Lo había leído todo. O casi todo. Tenía un cuaderno en el que iba reseñando todas sus lecturas, sin otro propósito que poder acudir a sus propias notas cuando quería recordar un detalle, emprender una crítica, escribir una semblanza, de algún autor, o simplemente revisar si lo que había sentido en la primera lectura de un texto correspondía con aquello que el mismo escrito le despertaba mucho tiempo después, en la relectura.

FernandoQuiroz28Nov2005Cambio1