Fernando Quiroz

Fernando Quiroz


Transcripción

Tantos libros leídos le permitieron escribir textos de ensayo que hoy son referencias obligatorias en la materia, como De la barbarie a la imaginación o Taberna in fabula. Tantos libros leídos le permitieron dirigir o formar parte del consejo editorial de revistas como Quimera y El viejo topo. Tantos libros lo llevaron a emprender una aventura fascinante como fue la de recorrer el continente para entrevistar a los escritores del boom y del post boom para la televisión. Había entre ellos tantos que se habían convertido en sus amigos, que a la hora de hablar de libros y de autores el extenso anecdotario solía dar pie para muchas tazas de café. Y más copas de vino o más cervezas si eran más de las 12.

¿A qué horas leía tanto, si el tiempo le alcanzaba, además, para tener siempre un libro a punto de entregarles a los editores, para escribir columnas y ensayos que publicaba en revistas de aquí y de allá, para dar conferencias y asistir a foros y ferias en todo el mundo, para seducir y dejarse seducir, para tomar café con amigos, y para hacer gala en todas partes de ese humor ácido que convirtió en su sello personalísimo?

Era, de verdad, un intelectual, esa extraña especie de la que muy pocos quedan, y eso explica lo inexplicable: porque los intelectuales juegan con el tiempo como relojeros caprichosos.

Se movía con facilidad de un género a otro, y en todos dio muestras de su habilidad con las palabras. De hecho, ganó el Premio Nacional de Literatura, Premio Nacional de Cuento y el Premio Nacional de Ensayo. Y el que recibió en San Sebastián hace menos de un año se lo dieron por una obra de teatro… aunque se lea como novela.

Formó parte de esa generación inmediatamente posterior al boom que resultó en cierto modo opacada por la sombra enorme del éxito de García Márquez, con quien tuvo, sin embargo, en los últimos años, una muy buena amistad. R.H. insistía en que la suya no era, como algunos pretendían llamarla. La generación olvidada, sino la recobrada. Y desde ese lugar estratégico en la historia de la literatura colombiana ejerció una influencia irrefutable entre los escritores que ahora comienzan a brillar. La arquitectura de sus textos, el aterrizaje en los temas urbanos, la facilidad para combinar realidad y ficción, la presencia de la ironía y el telón de fondo de una gran profundidad son elementos fundamentales del legado de Moreno-Durán.

Tenía el merito, poco común entre los autores consagrados, de andar al día con lo que estaban escribiendo los jóvenes. Y valga la pena decir que se tomaba el trabajo de leer manuscritos de aquellos que querían su bendición antes de que una novela entrara a los talleres de impresión. Más allá de tantas horas de buena conversación en aquel café del Centro Internacional, me ha quedado como herencia de R.H. el manuscrito de mi primera novela con anotaciones precisas y sugerencias que habría sido una torpeza no tener en cuenta.

La ecuación es fácil: un hombre que lee mucho suele tener muchos libros. Y fue precisamente en una mudanza, volviendo a acomodar sus toneladas de libros en su nueva casa, cuando un desmayo lo llevó al hospital para que le descubrieran un cáncer contra el que terminó perdiendo la pelea, la semana pasada, a los 59 años. Una edad en la cual un escritor suele estar en su mejor momento.

Viene, entonces, otra ecuación fácil: llevarse a un autor a esa edad es realmente una putada. Aunque los escritores se den el lujo de seguir viviendo a través de sus libros.

Lo seguiremos leyendo, R.H., la vaina es que nos van a hacer mucha falta sus teorías sobre las mujeres, sus recuerdos de Barcelona, sus pronósticos sobre el partido del domingo, y ese humor inteligente con el que podía hacer pasar a un dinosaurio de las letras por el ojo de una aguja.

 

FernandoQuiroz28Nov2005Cambio3