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Transcripción con símbolos

a la línea que separa imaginariamente los dos | hemisferios: la mitad del mundo, ni más ni menos. Y | aquí me sorprende la solvencia de Conrado sobre | los viajeros de los siglos XVIII y XIX a América: se | nota su paso por la dirección de la Biblioteca Na-|cional de Colombia. A propósito, todos se preguntan | qué significa Conrado. Él explica que en el registro | civil anotaron erróneamente Consuelo. Y como el4 | admira a Martí, a quien físicamente se parece, pa-|tentamos un seudónimo con el que escribirá | críticas vitriólicas: Consuelo Martí. Por la noche, | una muchacha que es heredera de Manuelita Sáenz | me pregunta durante la cena “Qué cosa es Conrado”, | y yo le contesto: “Conrado no es un nombre ni un | apellido ni un adjetivo: Conrado es un estado de | ánimo”. Y a propósito de Manuela Sáenz, a todo el | mundo manifiesto mi interés por visitar su casa | natal o algún sitio relacionado con la vida de la | fascinante loca que salvó al libertador. Nada | hay en Quito que la recuerde, se me dice aunque | yo pienso que eso no es posible. Tal vez una ma-|nifiesta animadversión, puramente fariseas de | las buenas conciencias de Quito, cultivan el | anonimato de quien violó a nombre de la libertad | y la vida todas las convenciones: amante plural | y feliz, adúltera, enemiga del realismo español y | compañera fiel de Bolívar, no tenía —ni aún | hoy tiene— por qué resultarle simpática a los | tartufos. El general Santander la expulsó misera-|blemente de Colombia y la bella loca pasó | sus últimos días en Paita, donde la visitó Herman | Melville. Marcel<l>/a\ me regala un libro donde apa-|rece Tras la pólvora, Manuela, de Adoum, texto | que él me hizo conocer en Bogotá en diciembre de | 1992, aunque no me lo pudo obsequiar porque | ni siquiera él tenía ejemplares: leyó el que le | prestó su editor, que ni siquiera fue capaz de | regalárselo. Manuela es una de mis obsesiones y 


4 Así en el original.

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